POR KUKULKAN
SI LOS ANTIGUOS mayas concebían a Xibalbá como el inframundo donde habitaban los señores de la muerte, en Quintana Roo el concepto bien podría actualizarse. Ya no está debajo de la tierra, sino sobre ella, convertido en un parque temático administrado por uno de los consorcios turísticos más poderosos del país. La diferencia es que aquí los demonios no llevan penachos ni máscaras ceremoniales, sino trajes de lino, consejos de administración y una agenda llena de contactos políticos.
DURANTE más de cuatro décadas, Grupo Xcaret ha perfeccionado un modelo de negocios que consiste en convertir selvas, cenotes y patrimonio cultural en un producto turístico de lujo. Todo envuelto en un impecable discurso de sustentabilidad, respeto por la naturaleza y orgullo por las raíces mayas. El problema aparece cuando detrás del espectáculo comienzan a emerger las denuncias de investigadores, ejidatarios y especialistas que describen una realidad bastante distinta.
LAS RECIENTES acusaciones formuladas por investigadores del Instituto Nacional de Antropología e Historia sobre la construcción del parque Xibalbá son especialmente delicadas. Alfredo Barrera Rubio sostiene que el proyecto avanzó sin que exista certeza de haberse cumplido el salvamento arqueológico en una zona donde existen más de 500 estructuras prehispánicas, cuevas con pinturas rupestres y 28 cenotes. Más grave aún resulta el señalamiento de que la empresa habría continuado las obras pese a la colocación de sellos por parte del propio INAH.
EN CUALQUIER país donde las instituciones funcionaran sin distingos, semejantes advertencias bastarían para detener cualquier desarrollo. Pero Quintana Roo ha demostrado durante décadas que existen empresarios para quienes las leyes son simples recomendaciones y las autorizaciones terminan llegando tarde o temprano. La gran realidad es que nadie construye un imperio turístico de las dimensiones de Xcaret únicamente gracias a su visión empresarial. También se necesita algo mucho más valioso: influencia. Muchísima influencia. Miguel Quintana Pali no sólo es uno de los empresarios más poderosos del Caribe mexicano. También forma parte de una red de relaciones políticas que difícilmente puede ignorarse. Es cuñado de José Ángel Gurría Treviño, secretario de Hacienda durante el gobierno de Ernesto Zedillo y figura de enorme peso en el sistema financiero internacional.
A ELLO se suma la sociedad empresarial con Carlos Constante Madrazo, primo del exgobernador Roberto Madrazo. En México, donde los apellidos suelen abrir más puertas que los méritos, esas coincidencias nunca son menores. Los resultados saltan a la vista. Terrenos adquiridos durante décadas a precios que hoy parecen ridículos frente al valor turístico alcanzado; ejidatarios denunciando haber recibido apenas tres mil pesos por hectárea; reservas naturales convertidas en atractivos turísticos y una expansión constante sobre zonas de enorme riqueza ambiental y arqueológica.
TODO ello bajo la complacencia de administraciones de todos los colores políticos que jamás parecieron encontrar obstáculos cuando el solicitante llevaba el logotipo de Xcaret. Pero quizá la mayor contradicción del consorcio sea su relación con la cultura maya. Mientras la publicidad presume respeto por las tradiciones indígenas y convierte la cosmovisión ancestral en uno de sus principales activos comerciales, la Suprema Corte de Justicia de la Nación tuvo que recordarle un principio elemental: la cultura maya tiene dueños. No pertenece a una empresa ni constituye un recurso gratuito para fines mercadológicos.
EL MÁXIMO tribunal ordenó dejar de utilizar y folclorizar elementos de la cultura maya para obtener beneficios económicos particulares sin autorización de las comunidades originarias ni el pago de los derechos correspondientes. En pocas palabras, la Corte puso límites a la apropiación privada de un patrimonio colectivo que durante años fue explotado como parte del espectáculo. La paradoja resulta insultante. Mientras miles de turistas pagan boletos para vivir una experiencia “auténticamente maya”, los descendientes de esa civilización siguen viendo pasar la riqueza sin participar realmente de ella. Chichén Itzá genera ingresos multimillonarios; los parques privados venden identidad, tradición y misticismo; las campañas internacionales promocionan la grandeza del mundo maya.
SIN EMBARGO, las comunidades continúan esperando que tanta prosperidad llegue más allá de los discursos institucionales. Quizá por eso las denuncias del INAH trascienden el ámbito arqueológico. Lo que está en discusión no es únicamente un parque temático, sino un modelo de desarrollo donde el patrimonio natural, la historia y la cultura terminan subordinados a los intereses económicos de quienes siempre parecen encontrar el camino despejado gracias a sus relaciones de poder.
EL VERDADERO espectáculo en Quintana nunca ha estado en los cenotes ni en las pirámides. El acto de magia más impresionante consiste en ver cómo algunos empresarios convierten el patrimonio público en negocios privados, mientras las autoridades aplauden desde la primera fila. Y ese, por desgracia, lleva décadas siendo el principal atractivo turístico del estado.




