José Luis Carrillo
Ahora que comenzamos a dejar atrás las experiencias que nos dejó el Mundial de futbol en México, vale la pena hacer algunas reflexiones.
Hace algunas semanas me hacía una pregunta similar:
¿Por qué no mantener el espíritu que despertó el Mundial en México?
La interrogante surgía a partir de la capacidad mostrada por los gobiernos federal, estatal y municipal para coordinarse, no solo con el fin de garantizar la seguridad de turistas y ciudadanos, sino también para impulsar importantes mejoras en la infraestructura urbana.
Ahora que el famoso y esperanzador grito de “¡Sí!” sustituyó al tradicional “¡Sí se puede!”, propongo conservar ese sentimiento de unidad que vivimos entre la Selección Nacional y su afición.
Pero trasladémoslo a los problemas que siguen presentes, con Mundial o sin él.
¿Y si sí nos unimos para exigir el respeto a nuestros derechos y, en las elecciones de 2027, logramos superar los niveles históricos de participación ciudadana?
¿Y si sí dejamos atrás el valemadrismo y lo sustituimos por valor cívico, denunciando cualquier tipo de injusticia, por pequeña que parezca?
¿Y si sí repudiamos la mordida, los arreglos por debajo de la mesa y dejamos de normalizar aquello que nunca debió ser normal?
¿Y si sí, como padres de familia, asumimos nuestra responsabilidad con los nuestros y dejamos de culpar al gobierno de todo aquello que, en muchas ocasiones, nosotros mismos propiciamos o toleramos?
¿Y si sí, en lugar de “apagar” a nuestros hijos con pantallas y teléfonos celulares, les dedicamos más tiempo, atención y afecto?
¿Y si sí recuperamos la empatía y la fraternidad para volver a cuidarnos y respetarnos como sociedad, como nunca debimos dejar de hacerlo?
El Mundial nos demostró que los mexicanos sabemos unirnos en torno a una causa. Lamentablemente, seguimos sin hacerlo cuando se trata de los asuntos que verdaderamente impactan nuestra vida cotidiana.
Así como el futbol es capaz de unirnos, aprovechemos esta oportunidad —que tardará muchos años en volver a presentarse— para exigir lo que merecemos, dejando atrás la apatía y el valemadrismo que tanto daño nos han causado.
Que ese espíritu no quede solo como una emoción pasajera. México y nuestras familias merecen mucho más.
La verdadera transformación comienza en nuestros hogares, no en los palacios de gobierno.
¿Y si sí lo intentamos?
¿Y si sí lo logramos?




