POR KUKULKAN
EXISTE una vieja regla de la política: cuando un gobernante empieza a pelearse con todos, tarde o temprano termina convencido de que el problema son los demás. Javier Milei parece haber decidido romper todos los récords. Ya no le bastan los economistas, los sindicatos, la oposición, los periodistas, los artistas, los gobernadores, el Congreso o los organismos internacionales.
Ahora también libra una guerra contra países enteros. Brasil, México y hasta el Partido Demócrata de Estados Unidos forman parte, según su imaginación presidencial, de una gigantesca conspiración dedicada a desprestigiar a Argentina… utilizando como campo de batalla el Mundial de Fútbol.
NO MUESTRA una sola prueba, pero cuando la realidad deja de ser suficiente, siempre queda la paranoia. La historia resulta tan extravagante como reveladora. Después de un Mundial marcado por la actitud provocadora de varios integrantes de la Selección Argentina y, sobre todo, de numerosos aficionados que hicieron del insulto un deporte paralelo —contra mexicanos, brasileños, franceses, españoles y cualquiera que no vistiera de albiceleste—, las críticas internacionales no tardaron en multiplicarse. Lo lógico habría sido reconocer que algunos compatriotas confundieron la pasión futbolera con el desprecio por los demás.
PERO Milei eligió un camino mucho más cómodo. Declaró que Brasil financió una campaña antiargentina. Que México también puso dinero. Que los demócratas estadounidenses participaron en la operación. Faltó que señalara a la FIFA, al VAR y a los fabricantes de balones como integrantes de la conspiración universal.
Cuando un presidente necesita enemigos imaginarios para explicar cada crítica, deja de gobernar un país y comienza a administrar un delirio. Y mientras Milei libra esa cruzada contra fantasmas internacionales, la Argentina real sigue enfrentando una inflación persistente, un consumo deprimido, conflictos sociales y un ajuste económico cuyos costos recaen sobre millones de ciudadanos.
AÚN ASÍ, nada parece distraerlo de su deporte favorito: fabricar villanos. Lo demostró nuevamente durante su visita a Brasil. No acudió para fortalecer la relación con el principal socio comercial de Argentina. Prefirió llamar “presidiario” y “ladrón” al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, respaldar la candidatura de Flávio Bolsonaro y descalificar con lenguaje de cantina a un ministro de la Suprema Corte brasileña. La respuesta no tardó. Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires, un gesto diplomático reservado para los momentos de mayor tensión entre los dos gobiernos.
HASTA dirigentes argentinos tuvieron que salir a aclarar que las descalificaciones presidenciales no representan el sentir de todo un país. No deja de ser paradójico. Mientras Milei acusa a otros gobiernos de intervenir en Argentina, nadie interviene tanto en los asuntos internos de otros países como él mismo. Opina sobre las elecciones brasileñas.
Hace campaña por los Bolsonaro. Insulta a jueces extranjeros. Cuestiona gobiernos democráticamente electos. Y después se declara víctima de la injerencia internacional. Es el pirómano que llama a los bomberos para denunciar un incendio.
TAL VEZ el problema sea que Milei nunca abandonó el personaje del candidato.
En campaña siempre hace falta un enemigo. Siempre existe un complot. Siempre hay una batalla épica contra un sistema perverso, pero gobernar exige algo mucho menos emocionante: administrar la realidad.
Y la realidad suele ser bastante más terca que los discursos. Brasil continúa siendo el principal socio comercial de Argentina. México sigue siendo uno de los países más importantes de América Latina. Ninguno necesita organizar una conspiración para exhibir los problemas del gobierno argentino. Para eso basta con escuchar a su presidente.
Y es que cuando un mandatario llega al punto de creer que medio continente se levanta todos los días pensando en cómo perjudicarlo, quizá ya no esté describiendo la realidad. Simplemente está hablando frente al espejo.




