POR KUKULKAN
DONALD Trump volvió a sacar el garrote. Aranceles aquí, amenazas allá, ultimátums por todos lados. Su mensaje no cambia, aunque cambien las cifras o los gobiernos: “Ellos nos necesitan, nosotros no”. La frase resume la visión de un Estados Unidos que ha dejado de presentarse como socio para asumirse, sin pudor, como patrón de hacienda. Y cuando el patrón se enfurece, no dialoga; castiga.
MÉXICO lo sabe bien. Lo ha aprendido durante décadas y lo ha padecido con especial intensidad desde que el magnate regresó a la Casa Blanca. La presión comercial se ha convertido en una herramienta política, mientras la industria automotriz comienza a resentir el golpe. Algunas armadoras replantean inversiones, otras anuncian cierres o reubicaciones de producción hacia territorio estadounidense para evitar el costo de los nuevos aranceles.
EL MENSAJE es claro: producir en México empieza a ser un riesgo cuando Washington decide cambiar las reglas del juego a golpe de decreto. Y es precisamente ahí donde aparece el elefante —o mejor dicho, el dragón— en la habitación. Mientras Trump amenaza con cerrar puertas, Xi Jinping dedica sus esfuerzos a abrirlas. No por altruismo, desde luego. Las potencias no hacen beneficencia; hacen negocios. Pero el contraste en las formas resulta inevitable.
PARA el republicano lo normal es ofrecer sanciones, castigos y discursos de fuerza, en tanto que Pekín llega con créditos, inversiones, infraestructura, parques industriales y promesas de desarrollo compartido. Un imperialismo vestido con traje de seda sigue siendo imperialismo, pero no deja de ser más seductor que uno que entra derribando la puerta. China lleva años construyendo esa imagen. Su Iniciativa de la Franja y la Ruta ha financiado puertos, carreteras, ferrocarriles y centrales eléctricas en decenas de países.
LOS BRICS —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y sus nuevos integrantes— representan la apuesta más visible para construir un orden económico menos dependiente de Occidente. No buscan acabar con el capitalismo; buscan administrarlo desde otro escritorio. Y en esa partida, el dólar dejó de ser intocable. Cada vez más operaciones comerciales entre miembros del bloque se realizan en yuanes o en monedas locales. Rusia comercia energía sin recurrir al billete verde; China impulsa el uso internacional del yuan; Brasil ha comenzado a liquidar parte de su comercio bilateral con la moneda china.
EL OBJETIVO es reducir la dependencia financiera de Estados Unidos y, con ello, disminuir la capacidad de Washington para utilizar el sistema financiero como instrumento de presión geopolítica. No es casualidad que Trump observe ese movimiento con creciente inquietud. La hegemonía del dólar ha sido, durante décadas, uno de los pilares del poder estadounidense. Mientras el mundo compre, venda y ahorre en dólares, Estados Unidos conserva una ventaja estratégica difícil de igualar. Perder ese privilegio significaría dejar de ser el árbitro absoluto del comercio internacional.
¿Y MÉXICO dónde queda en medio de semejante pulseada? Atrapado entre dos gigantes que no pelean por principios, sino por mercados. Durante más de treinta años apostó casi todas sus fichas a la integración con Estados Unidos. El Tratado de Libre Comercio, hoy T-MEC, convirtió a Norteamérica en el destino natural de la producción mexicana. La estrategia dio resultados, pero también creó una dependencia enorme. Cuando Washington estornuda, la economía mexicana termina buscando un pañuelo.
POR ESO la pregunta comienza a escucharse con mayor frecuencia: si Estados Unidos decide expulsar inversiones, ¿debe México cerrar también la puerta al capital chino?
La respuesta no es sencilla. Abrirla sin reservas podría generar tensiones con nuestro principal socio comercial. Mantenerla cerrada, en cambio, implica renunciar a miles de millones de dólares en inversión, tecnología y empleo justo cuando el país necesita diversificar sus fuentes de crecimiento. Tal vez el verdadero error consista en seguir creyendo que sólo existe una opción.
LA POLÍTICA exterior no debería reducirse a escoger entre el garrote estadounidense y el abrazo chino. México necesita construir una estrategia propia, basada en sus intereses nacionales y no en las fobias o simpatías de las potencias. Si Washington decide tratar a sus socios como subordinados, no debería sorprenderle que estos comiencen a explorar otras alternativas. La lealtad económica rara vez sobrevive al abuso permanente.
TRUMP parece convencido de que la fuerza basta para conservar la influencia. Xi Jinping, en cambio, apuesta por el largo plazo, por la inversión y por la paciencia estratégica. Ambos defienden los intereses de sus países; ninguno juega a la caridad. Mientras tanto, México sigue parado en medio del tablero, esperando que los elefantes no destruyan el jardín. Quizá ha llegado el momento de dejar de actuar como pieza y comenzar a comportarse como jugador. En la geopolítica contemporánea, quien sólo espera órdenes termina pagando la factura… con intereses.




