POR KUKULCÁN
HAY NOTICIAS que provocan un fenómeno digno de estudio. Apenas aparecen, los opinadores profesionales de la catástrofe sufren un súbito ataque de silencio. El mismo coro que llevaba meses anunciando que México estaba a horas de convertirse en Venezuela, Corea del Norte y Mordor al mismo tiempo, de pronto desaparece cuando el Banco Mundial decide apostarle al país con un plan de cooperación de cinco años alineado con el Plan México de Claudia Sheinbaum.
QUÉ RARO. Quizá en las oficinas del Banco Mundial no les llegó el último hilo de X donde un economista de teclado explicaba que el peso era un holograma, que la inversión había huido a Marte y que el país estaba condenado a vivir exclusivamente de los tamales de la abuela. Pues resulta que la institución financiera más importante del planeta acaba de anunciar exactamente lo contrario de lo que los agoreros nacionales llevan pregonando desde que Andrés Manuel López Obrador ganó la Presidencia en 2018 y ahora continúan repitiendo con Sheinbaum: confianza, inversión, infraestructura, empleo y crecimiento.
NO HABLAMOS de poca cosa. Ajay Banga, presidente del Banco Mundial, no vino a ofrecer un diploma de participación ni una palmadita diplomática. Anunció un nuevo Marco de Alianza para México que concentrará recursos durante cinco años en infraestructura, energía, agua, salud, manufactura, fortalecimiento institucional y capital humano. Traducido al español menos tecnocrático: dinero, financiamiento, garantías y confianza para que la economía produzca más riqueza.
Y AQUÍ conviene hacer una pausa, porque hasta algunos comentaristas confunden dos conceptos que no son idénticos: crecimiento económico y desarrollo. El crecimiento consiste en producir más bienes y servicios; es decir, aumentar el tamaño del pastel. El desarrollo implica que ese pastel genere mejores condiciones de vida: empleos dignos, infraestructura, educación, salud, productividad y oportunidades. Puede haber crecimiento sin desarrollo cuando la riqueza se concentra en unos cuantos; y también puede impulsarse el desarrollo para hacer sostenible el crecimiento futuro.
POR ESO el anuncio del Banco Mundial resulta relevante. No habla únicamente de aumentar indicadores macroeconómicos. Habla de fortalecer cadenas productivas, apoyar a pequeñas empresas, mejorar infraestructura, incorporar tecnología y generar empleos para jóvenes. Es decir, de combinar crecimiento con desarrollo. Pero explíquenle eso a la derecha mexicana, que todavía sigue buscando en Google cómo desacreditar una noticia que proviene del mismo organismo al que durante décadas citaban como si fuera palabra revelada.
DURANTE años, si el Banco Mundial o el FMI publicaban un informe, era poco menos que un evangelio económico. Ahora que uno de esos organismos decide caminar junto al gobierno de Claudia Sheinbaum, resulta que ya descubrieron que los organismos multilaterales están politizados. Vaya casualidad. La ironía alcanza niveles olímpicos cuando el propio Ajay Banga subraya que el crecimiento requerirá mayor participación del sector privado. Exactamente ese sector privado que algunos opositores juraban que estaba huyendo despavorido del país.
PUES NO. El Banco Mundial quiere precisamente facilitar más inversión privada mediante garantías, reducción de riesgos y mayor certidumbre para proyectos productivos. Difícil sostener la teoría del apocalipsis cuando los organismos financieros internacionales están diseñando mecanismos para que llegue más capital. Y el ejemplo de Naturasol tampoco es menor. Mientras algunos siguen creyendo que desarrollo significa entregar subsidios eternamente o dejar todo al libre mercado, el proyecto muestra otra ruta: financiamiento para empresas mexicanas, incorporación de pequeños productores, ahorro de agua, asistencia técnica, seguros, cadenas de valor y generación de miles de empleos. Eso sí se parece bastante al desarrollo. No al discurso.
LA TRAGEDIA de cierta oposición es que vive enamorada de sus propios deseos. Durante meses anunciaron que la reforma judicial espantaría toda inversión. Después aseguraron que el Plan México era propaganda. Más tarde pronosticaron aislamiento internacional. Hoy el Banco Mundial responde con un programa de cooperación diseñado precisamente alrededor de ese plan. Debe ser incómodo. Sobre todo, para quienes llevan años deseando que al país le vaya mal con tal de poder decir “se los advertimos”. Porque hay una diferencia enorme entre hacer oposición y hacer porras al fracaso nacional.
MÉXICO sigue enfrentando desafíos enormes: inseguridad, productividad desigual, rezagos educativos, infraestructura insuficiente y enormes brechas regionales. Nadie serio sostiene lo contrario. Pero tampoco puede negarse que cuando un organismo financiero de alcance global decide comprometer recursos, asistencia técnica y financiamiento durante un lustro, está enviando una señal de confianza que pesa mucho más que cualquier trending topic construido desde la nostalgia del viejo régimen.
AL FINAL, quizá la mayor lección sea para quienes reducen la política a consignas.
La economía no funciona con hashtags ni con berrinches. Funciona con inversión, productividad, instituciones, infraestructura y empleo. Y por lo visto, mientras algunos siguen esperando el inminente colapso de México, el Banco Mundial ya hizo otros planes. Como dirían en el barrio: alguien olvidó avisarle al apocalipsis que tenía cita pendiente.




