Harfuch, el superpolicía para la DEA y un peligro para narcopolíticos mexicanos

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Rodolfo ‘El Negro’ Montes

Omar García Harfuch volvió a cruzar fronteras para colocarse en el centro del tablero geopolítico. Su participación en la Cumbre Antidrogas en Argentina —un foro impulsado al amparo de la agenda antidrogas de Washington— no fue un mero viaje de itinerario institucional.

Para la DEA y las agencias de inteligencia del norte, Harfuch representa la interlocución técnica, el hombre del operativo fino y el perfil policial con el que se puede hablar el lenguaje del combate frontal a las estructuras trasnacionales del crimen catalogadas ya como narcoterroristas.

Sin embargo, cruzando el río Bravo hacia el sur, la lectura se tuerce. En el corazón político de México, el “Superpolicía” empieza a incomodar a propios y extraños que ya lo sienten como un peligro para sus intereses y negocios ilegales.

Dentro de las corrientes más duras de la llamada Cuarta Transformación y en diversos rincones del gabinete presidencial, la figura de Harfuch no genera aplausos sonoros, sino recelo.

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Para los sectores puristas de Morena, su origen, su escuela de inteligencia y su pragmatismo representan una cuña ajena al relato ideológico del movimiento.

Pero el verdadero nudo ciego no es doctrinal: radica en que el titular de la SSPC se ha convertido en un policía demasiado incómodo para aquellos actores políticos que, presuntamente, mantienen vasos comunicantes o acuerdos de tolerancia con los cárteles de la droga.

Harfuch camina hoy sobre una navaja bien afilada. En el exterior cuenta con el respaldo operativo de las agencias estadounidenses que exigen golpes de precisión, extradiciones e incautaciones.

En el interior, carga con el tufo del “fuego amigo”, donde grupos dentro de la estructura gobernante prefieren la contención silenciosa antes que las capturas que fracturen sus pactos de gobernabilidad local.

¿Hasta dónde llegará la labor de Omar García Harfuch?

La respuesta está atada a su propio blindaje político. Es el hombre querido en Washington por sus entregables y odiado en los sótanos del poder local por el riesgo que implica para las estructuras criminales incrustadas en el aparato público.

Harfuch sabe mejor que nadie que en la guerra contra el narcotráfico, el peligro real no siempre viene del bando de los sicarios, sino de las balas que se disparan desde la misma trinchera.

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