La dieta de la Corte: menos azúcar, más veneno

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POR KUKULKAN

VAYA que los lineamientos contra la comida chatarra terminaron sirviendo un platillo mucho más condimentado de lo previsto en la Suprema Corte. Porque mientras el Pleno discutía azúcares, grasas saturadas y sodio en las escuelas, las ministras Yasmín Esquivel Mossa y Lenia Batres Guadarrama decidieron añadir al menú otro ingrediente: una buena dosis de confrontación pública. El escenario fue el amparo en revisión 91/2026, proyecto de Batres.

ESQUIVEL objetó que las universidades autónomas fueran metidas en el mismo costal que el resto de las instituciones educativas. Citó leyes, defendió el autogobierno universitario y puso el dedo donde dolía: dijo que los lineamientos federales no podían convertirse en una camisa de fuerza para instituciones como la UNAM y, mucho menos, en fundamento automático para sancionar rectores, directores o consejos universitarios.

BATRES respondió sin envolver el mensaje en papel celofán: la autonomía, sostuvo, no exime a las universidades del cumplimiento de disposiciones generales en materia de salud y alimentación. Y ahí dejó de discutirse únicamente si en la cafetería universitaria pueden venderse papitas con sellos negros. La escena permitió ver otra cosa. Esquivel y Batres llevan meses chocando en proyectos, sesiones y métodos de interpretación.

POR EJEMPLO, en agosto protagonizaron otro intercambio cuando Batres acusó la existencia de una “animadversión insana” contra uno de sus proyectos y Esquivel respondió que las críticas eran jurídicas y pidió seriedad en el debate. Así que lo del martes no fue precisamente amor a primera mordida. Y detrás aparece el enorme elefante —o serpiente, para conservar la zoología de este Nido— que recorre los pasillos de Pino Suárez: la sucesión en la presidencia de la Corte.

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LA PRENSA ha documentado que las diferencias entre ambas son de las más frecuentes en la nueva integración y que la disputa por la conducción futura del tribunal ya forma parte de la conversación interna. Un reciente análisis periodístico encontró que Esquivel y Batres estaban entre las integrantes que más discrepaban en sus votaciones; el mismo medio describió la sucesión como uno de los factores que han tensado al Pleno.

SOBRE estos desencuentros conviene poner una víbora de precisión en la mesa: que ambas ambicionen personalmente la silla presidencial no puede afirmarse como hecho probado sólo porque discutan. Eso pertenece al terreno de la lectura política. Lo comprobable es que el relevo de Hugo Aguilar está en el horizonte institucional y que incluso información difundida en la síntesis de la propia Corte ha recogido versiones periodísticas que colocan a Batres en esa sucesión.

PERO volvamos al banquete. Cuando el termómetro comenzó a subir, los demás integrantes del Pleno hicieron lo que suele hacerse cuando dos comensales empiezan a discutir con los cubiertos en la mano: repartir servilletas y bajar la voz. María Estela Ríos ensayó la salida diplomática. Coincidió en que la autonomía universitaria no convierte a las universidades en repúblicas independientes de las normas sanitarias, pero recordó que tampoco puede utilizarse una regulación administrativa para meter mano en su autogobierno.

Y PUSO sobre la mesa algo más importante: puntualizó que quienes estaban litigando eran empresas, no universidades reclamando una invasión a su autonomía. Fue la manera más elegante de decir: ese pleito quizá existe, pero hoy no nos toca resolverlo. Giovanni Figueroa, Sara Irene Herrerías, Loretta Ortiz, Irving Espinosa y el propio presidente Hugo Aguilar contribuyeron durante la discusión a mantener el asunto en carriles jurídicos, separando metodología, proporcionalidad, libertad de comercio y derechos de los estudiantes.

FUNCIONÓ… más o menos. Porque al llegar la votación Esquivel volvió a marcar territorio: acompañó el sentido general, pero se apartó expresamente de los párrafos cuestionados y de cualquier lectura que permitiera sancionar autoridades universitarias. Batres tampoco dejó pasar la oportunidad: la autonomía, insistió, no las exime de cumplir los lineamientos.

RESULTADO: unanimidad en la votación; cuchillos debajo del mantel. Esa parece ser la nueva especialidad del restaurante constitucional: todos votan por la misma cuenta, pero cada quien quiere decidir quién ocupa la cabecera. Y si el menú del martes era “alimentación saludable”, habrá que reconocer que en el Pleno faltó un lineamiento. Menos grasas saturadas, sí. Pero quizá también menos bilis.

@Nido_DeViboras

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