- Desde hace tres mil 500 años, el golpe seco de una pelota de hule contra la cadera ha resonado en las tierras de Mesoamérica.
IGNACIO CANUL
MÉRIDA, YUC.- Desde hace tres mil 500 años, el golpe seco de una pelota de hule contra la cadera ha resonado en las tierras de Mesoamérica.
Durante décadas, la narrativa histórica oficial dibujó este deporte como un dominio exclusivamente masculino, un campo de batalla ritual donde solo los hombres probaban su valor.
Sin embargo, las investigaciones recientes de la UNAM están derribando este mito, revelando que la mujer no solo fue espectadora, sino pieza clave en la trama del ulama de cadera.
A través del proyecto “Del aula a la cancha”, liderado por la doctora Emilie Ana Carreón Blaine, investigadora del Instituto de Investigaciones Estéticas, se está rescatando una verdad sepultada por los siglos: la trascendencia femenina en el juego de pelota, desde la época prehispánica hasta la actualidad.
La investigación de Carreón Blaine, quien también preside la Asociación Deportiva de Juegos de Pelota de Hule, Ulama y Pok Ta Pok de la UNAM, se sustenta en un análisis profundo de la iconografía y el trabajo de campo.
Los hallazgos no dejan lugar a dudas: En sitios como El Opeño (Jalisco) y Xochipala (Guerrero), se han encontrado representaciones que muestran a mujeres en posiciones de juego.
La escultura monumental de la Huasteca y diversos códices prehispánicos presentan escenas donde las mujeres participan activamente, desafiando la visión tradicionalmente masculina del deporte.
Antiguamente, la mujer no solo jugaba; era la facilitadora del hule. En los rituales de edificación de las canchas o tlachcos, se invocaba a deidades femeninas rodeadas de instrumentos de tejido (tzotzopaztli, huso) y cocina, elementos que los jugadores usaban simbólicamente para atraer la victoria.
Uno de los puntos más disruptivos del proyecto es la revisión del sacrificio humano. La doctora Carreón Blaine explica que, si bien existe una relación entre el juego y el sacrificio en ciertas zonas y épocas, esta no era la norma.
“No había sacrificio humano todo el tiempo. Hay registros de juegos donde Moctezuma II o Nezahualcóyotl participaban y apostaban territorios; nadie moría al finalizar. El juego también era ejercicio, entretenimiento y diversión”, señala la investigadora.
De las más de tres mil canchas arqueológicas registradas en Mesoamérica, solo un pequeño número presenta evidencias de sacrificios, lo que sugiere que la práctica evolucionó y tuvo múltiples facetas a lo largo de los siglos.
El legado del ulama no se quedó atrapado en los libros de historia; gracias al programa financiado por la Dgapa, estudiantes de geografía, historia, letras, química y arquitectura han llevado la teoría a la práctica física.
Hoy en día, el equipo femenil de la UNAM es un referente de este renacimiento; recientemente, las jugadoras universitarias obtuvieron el tercer lugar en una competencia internacional en Honduras, demostrando que la destreza en el manejo de la pelota de hule sigue viva en las venas de las mujeres mexicanas.
El proyecto trasciende los muros de Ciudad Universitaria. Los jóvenes deportistas realizan talleres y exhibiciones en zonas de alta marginación, como la sierra mazateca en Oaxaca.
También dan charlas en escuelas de la Ciudad de México y el Estado de México para difundir el patrimonio cultural, y se investiga y preserva la técnica de elaboración de las pelotas de hule, un conocimiento que las mujeres del noroeste mexicano han ayudado a perpetuar.
Actualmente, los entrenamientos se realizan tres veces por semana en diversas zonas de CU (Frontones, Odontología y el MUAC).
Sin embargo, el crecimiento de la práctica y la relevancia de los hallazgos plantean una necesidad clara: la creación de un tlachco con características específicas en la Universidad.
El ulama de cadera no es solo un vestigio del pasado, es una disciplina viva que, gracias a la mirada de género y la rigurosidad académica, hoy reconoce a la mujer como la eterna guardiana y jugadora de la pelota de hule.



