La 4T y el síndrome del aliado rebelde

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POR KUKULKAN

DICEN que en política las alianzas no se rompen, se ‘reconfiguran’. Una forma elegante —y bastante cínica— de decir que cada quien empieza a jalar agua para su molino cuando el poder se vuelve más disputado que compartido. Y eso es exactamente lo que hoy ocurre con la llamada coalición de la 4T, ese matrimonio por conveniencia entre Morena, el Partido Verde y el PT que empieza a parecer más una relación abierta… pero sin acuerdos claros.

SI ALGO ha quedado claro en los últimos meses es que el amor político dura lo que duran las candidaturas. San Luis Potosí fue el primer portazo. El Verde, sin rubor alguno, decidió que ya no necesita de Morena para competir por la gubernatura. No es ideología, es aritmética electoral… y, sobre todo, control del negocio. Porque cuando hay gubernatura de por medio, la lealtad se vuelve negociable. Muy negociable.

EL PRETEXTO es casi anecdótico, pero revelador: el famoso “candado antinepotismo” de Morena. Traducido al español político: no queremos dinastías familiares disfrazadas de continuidad. Traducido al dialecto del Verde: así no jugamos. Y entonces vino la ruptura anunciada. Morena pone reglas; el Verde pone candidatos. Y si no coinciden, cada quien por su lado.

NADA nuevo bajo el sol. El Partido Verde ha hecho de la flexibilidad ideológica un arte fino. Ha sido aliado de izquierda, de derecha y de lo que se ofrezca, siempre con una consistencia admirable: sobrevivir y ganar posiciones. Hoy no es la excepción. Pero si alguien pensaba que el caso potosino era aislado, Coahuila vino a recordar que no. Ahí, el PT —ese aliado que suele parecer discreto, pero nunca irrelevante— también empezó a marcar distancia. 

NO RECURRIÓ a la estridencia, pero sí a la claridad: la alianza ya no es automática. Ahora se negocia. Y caro. Ese es el verdadero fondo del asunto: el costo del respaldo. Durante años, Morena fue el socio dominante, el que arrastraba votos y marcaba agenda. Hoy, con el poder ya instalado, sus aliados empiezan a preguntarse cuánto valen realmente… y a cobrar en consecuencia.

Y ENTONCES aparece Quintana Roo, ese laboratorio político donde las contradicciones suelen adquirir dimensiones tropicales. Ahí, la tensión no sólo es entre partidos, sino dentro del propio poder. Porque mientras Morena y el Verde comienzan a enseñarse los dientes a nivel nacional, la gobernadora Mara Lezama queda atrapada en medio de una alianza que se construyó en unidad… pero que ahora se descompone en cámara lenta. Una especie de equilibrio incómodo: gobernar con una fuerza política que, al mismo tiempo, podría convertirse en adversaria electoral.

UNA JUGADA digna de malabarista político, donde cualquier movimiento en falso puede romper no sólo alianzas, sino gobernabilidad. Si el Verde decide replicar en Quintana Roo lo que ya anunció en San Luis Potosí —competir solo—, la fractura dejaría de ser anecdótica para convertirse en estructural. Y entonces ya no hablaríamos de diferencias tácticas, sino de una verdadera redistribución del poder dentro de la 4T. Mientras tanto, en la otra esquina del ring, la oposición observa… y se frota las manos. O al menos lo intenta.

YA SABEMOS que si algo ha caracterizado a la derecha mexicana en los últimos tiempos es su fe inquebrantable en el tropiezo ajeno. Esperan la ruptura definitiva, el colapso interno, el momento en que la alianza oficialista se desmorone por completo. El problema es que, hasta ahora, la realidad no ha sido tan generosa con sus expectativas. Sí, hay tensiones. Sí, hay rupturas parciales. Sí, hay egos desbordados y cálculos individuales. Pero también hay una constante que descoloca: la incapacidad de la oposición para tener un programa de gobierno atractivo para la población y mientras eso siga sucediendo, Morena y sus aliados continuarán dándose el lujo de pelearse entre alelos.

LO IRÓNICO —y quizás lo más frustrante para sus críticos— es que esta fragmentación no necesariamente debilita al oficialismo de inmediato. Puede, incluso, fortalecerlo en ciertos escenarios, obligando a redefinir liderazgos y a depurar alianzas que, en muchos casos, eran más pragmáticas que ideológicas. Restan más que sumar. Al final, la pregunta no es si Morena, el Verde y el PT seguirán juntos. La pregunta es en qué condiciones, a qué costo y hasta cuándo.

@Nido_DeViboras

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