El poder también se hereda

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POR KUKULKAN

DICEN que el poder no se hereda. Qué bonita frase. Casi tan bonita como aquella de que en México nadie está por encima de la ley. La realidad, bastante menos romántica, demuestra que los apellidos presidenciales y de la alta política suelen tener propiedades extraordinarias: abren puertas, consiguen reuniones, acercan empresarios y convierten a jóvenes discretos en personajes súbitamente interesantes para contratistas, inversionistas y aspirantes a beneficiarios del presupuesto. Y en esto, hay que reconocerlo, nuestra clase política ha conseguido una verdadera hazaña democrática: la fascinación familiar por el poder no distingue entre derecha e izquierda.

CAMBIAN los colores, los discursos y hasta las consignas. Lo que permanece intacto es ese extraño magnetismo que adquieren los hijos, hermanos, sobrinos y demás integrantes del árbol genealógico cuando papá, mamá o el tío llegan a Palacio. El Universal publicó este domingo un recorrido por varios de esos personajes que hoy llaman nepo babies. Nosotros, menos sofisticados, durante décadas simplemente los conocimos como “los hijos de…”. La lista de ejemplos es asombrosa, atraviesa sexenios y partidos. Durante el gobierno de Vicente Fox, los hermanos Bribiesca Sahagún, hijos de Marta Sahagún, quedaron bajo los reflectores por señalamientos relacionados con negocios y presunto tráfico de influencias. El asunto llegó incluso a una comisión investigadora de la Cámara de Diputados.

AÑOS ATRÁS, Emiliano Salinas Occelli, hijo de Carlos Salinas de Gortari, terminaría bajo el escrutinio público por su participación en Executive Success Programs, vinculada a NXIVM, la organización encabezada por Keith Raniere. Mucho antes, José López Portillo había demostrado que eso de separar familia y gobierno podía resultar terriblemente incómodo. Familiares del presidente ocuparon posiciones dentro de la administración pública. Eran otros tiempos, claro. Entonces todavía no habíamos inventado suficientes eufemismos para llamar de otra manera al nepotismo.

Y LLEGÓ la izquierda prometiendo que ahora sí sería diferente. Pues… diferente, diferente, lo que se dice diferente… José Ramón López Beltrán protagonizó la polémica de la llamada Casa Gris, aquella residencia en Houston vinculada a un ex ejecutivo de Baker Hughes, empresa contratista de Pemex. Nunca se acreditó judicialmente que aquello constituyera corrupción, pero políticamente resultó incómodo para un gobierno cuya bandera era la austeridad. Después aparecieron Andrés Manuel y Gonzalo López Beltrán en investigaciones periodísticas relacionadas con empresarios de su círculo cercano y contratos vinculados a proyectos gubernamentales. Nuevamente: señalamientos e investigaciones no equivalen a sentencias. Conviene aclararlo antes de que algún defensor de la pureza ideológica saque el incensario.

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TAMBIÉN están los hijos del gobernador sinaloense Rubén Rocha Moya, alrededor de cuyos círculos empresariales han surgido cuestionamientos por operaciones y contratos con instituciones públicas. Y la parentela alcanza otros niveles. Los sobrinos del exsecretario de Marina Rafael Ojeda Durán fueron involucrados en investigaciones sobre una presunta red de huachicol fiscal. Aquí el asunto abandonó la simple controversia mediática: existen procedimientos judiciales. La moraleja resulta incómoda para todos. El poder no tiene ideología cuando se trata de seducir a la familia. Puede envolverse en neoliberalismo, revolución, transición democrática, humanismo mexicano o cualquier etiqueta disponible en temporada electoral. Pero cuando aparece la posibilidad de convertir un apellido en influencia, pareciera que las diferencias doctrinarias se vuelven sorprendentemente pequeñas.

ESO TAMPOCO significa que todo hijo de político sea corrupto. Sería absurdo. Mucho menos que cada denuncia publicada sea verdadera. Hay acusaciones que terminan comprobándose y otras que se desmoronan frente a los tribunales. El problema es otro. Cuando alguien se apellida como el presidente, el gobernador o el secretario poderoso del momento, resulta difícil saber dónde termina el talento personal y dónde comienza esa maravillosa habilidad profesional llamada “ser hijo de”. Porque quizá papá nunca levantó el teléfono. Quizá mamá jamás pidió el contrato. Quizá nadie dio una orden. Pero resulta curioso observar la cantidad de empresarios que descubren talentos extraordinarios en determinados jóvenes justamente cuando sus padres llegan al poder.

DEBE ser coincidencia. Una coincidencia republicana, desde luego. México incluso aprobó una reforma contra el nepotismo electoral, aunque sus principales restricciones tendrán efectos hasta 2030. Es decir, identificamos la enfermedad, encontramos el medicamento y decidimos comenzar el tratamiento dentro de algunos años. No vaya a ser que la democracia se nos cure demasiado rápido. Al final, derecha e izquierda pueden seguir peleándose por quién representa al pueblo, quién saqueó más al país o quién posee la superioridad moral. En algo parecen haber encontrado terreno común: cuando el poder entra por la puerta, la parentela rara vez sale por la ventana. Y cuidado con acercarse demasiado. Aquí las víboras también tenemos familia.

@Nido_DeViboras

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