POR KUKULKAN
EN EL OCÉANO siempre azul del discurso empresarial, hay tormentas que sólo se sienten cuando el oleaje golpea el casco del lujo. Y si algo debe estar doliendo en estos días al empresario Salinas Pliego es tener que ponerle precio a uno de sus juguetes más queridos. Veinte millones de dólares cuesta ahora el romanticismo náutico del llamado Yate Azteca, esa embarcación que durante años fue símbolo flotante de éxito, poder y bronceador premium.
COMO protagonista de esta travesía, Don Ricardo recientemente declaró prácticamente en quiebra a su televisora insignia, TV Azteca, en medio de litigios y deudas que harían sudar hasta al más curtido capitán financiero. Claro está que en México, país de realidades alternas, la palabra ‘quiebra’ es tan flexible como la contabilidad creativa. Algunos creen en la versión oficial de la tragedia; otros, en que se trata de una estrategia.
Y ES QUE mientras la empresa navega en aguas turbulentas, el empresario parece dispuesto a desprenderse —al menos en papel— de uno de sus amores marítimos. El Azteca, valuado en 20 millones de dólares, aparece en el escaparate internacional como si fuera un auto seminuevo. Nada personal, sólo negocios. Aunque la pregunta incómoda flota como boya luminosa: ¿es necesidad o jugada maestra?
EN EL MANUAL del magnate contemporáneo, vender activos puede ser una coreografía calculada. Liquidar bienes, mover estructuras, proteger patrimonio. Declarar crisis para renegociar pasivos. No es el primer empresario que convierte la tormenta en paraguas fiscal. Pero la narrativa pública siempre tiene su propio oleaje: cuesta creer en la bancarrota cuando el bronceado sigue siendo de cubierta cinco estrellas.
LO INTERESANTE no es que venda el Azteca. Lo interesante es que todavía conserve intacto su verdadero amor flotante: el majestuoso Lady Moura, ese megayate alemán de más de cien metros de eslora que ha sido escenario de fiestas exclusivas, encuentros empresariales y brindis con champagne importado. Allí no hay austeridad que valga. Allí el mar es privado y el horizonte, decorativo.
DICEN que uno siempre sacrifica primero lo que menos duele. Y quizá el Azteca sea el hijo consentido pero prescindible, mientras el Lady Moura permanece como la joya de la corona marítima. No se remata lo que define la identidad. No se subasta el símbolo. Si hay algo que en verdad construye narrativa de poder es ese palacio flotante donde los invitados suben por escaleras con aroma a barniz europeo.
LA PARADOJA es deliciosa: una televisora al borde del naufragio y un empresario que sigue anclado en puertos de lujo. Mientras trabajadores y acreedores escuchan la palabra ‘insolvencia’, el mercado internacional ve circular fotografías de cubiertas relucientes. La quiebra, al parecer, es selectiva. Se aplica en tierra firme; se diluye en alta mar.
Y AQUÍ ES donde la ironía mexicana alcanza nivel olímpico. Porque en un país donde millones discuten el precio de la canasta básica, el debate gira en torno a si 20 millones de dólares es ganga o sacrificio. La venta del Azteca se presenta como gesto casi doloroso, una despedida sentimental. Pero la imagen del otro megayate intacto convierte la escena en tragicomedia náutica.
QUIZÁ el verdadero mensaje no esté en la venta, sino en la secuencia. Primero se anuncia la tormenta corporativa. Luego aparece el activo en el mercado. Después se habla de litigios y presiones fiscales. Todo encaja demasiado bien para no levantar cejas. En el ajedrez financiero, cada movimiento es cálculo, no emoción.
EN EL Nido de Víboras no somos expertos en navegación, pero sabemos reconocer cuando alguien cambia de barco sin abandonar el puerto de lujo. Si el Azteca zarpa hacia nuevo dueño, será presentado como prueba de sacrificio. Si el Lady Moura sigue ondeando bandera propia, será el mensaje de que algunos amores no se tocan, aunque el discurso diga lo contrario.
AL FINAL, más que quiebra, lo que parece haber es ajuste de escenografía. Se vende un decorado, se conserva el escenario principal. Y mientras el empresario decide qué nave soltar y cuál preservar, el público observa desde la orilla preguntándose si la tormenta es real o sólo parte del espectáculo.
EN ALTA mar, como en los negocios, todo depende de quién cuente la historia. Pero hay algo que ni el mejor capitán puede ocultar: cuando el verdadero amor sigue anclado, la bancarrota suena menos a tragedia y más a estrategia.


