El amor en tiempos del Plan B

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POR KUKULKAN

EN POLÍTICA mexicana hay relaciones que no se explican con ideología, sino con terapia de pareja. La coalición entre Morena, el PT y el PVEM ha entrado, sin pudor alguno, en esa fase del matrimonio donde ya no hay luna de miel, pero tampoco divorcio: puro litigio doméstico, amenazas veladas y reconciliaciones de madrugada. El llamado Plan B de la reforma electoral no es otra cosa que el expediente más reciente de este matrimonio tóxico.

Y ES QUE si algo ha quedado claro en las últimas semanas es que los aliados de Morena practican con destreza el arte del doble discurso conyugal: en público se toman de la mano, se dicen “compañeros de proyecto” y juran amor eterno a la Cuarta Transformación y a la presidenta Claudia Sheinbaum; en privado —y peor aún, en el tablero legislativo— se avientan el Código Civil por la cabeza.

ES BRUTAL el antecedente. En la Cámara de Diputados, PT y Verde decidieron aplicar la figura de ‘abandono de hogar legislativo y dejaron sola a Morena frente al altar de la reforma electoral. La iniciativa cayó, no por la oposición —que ya estaba en su papel de suegra incómoda—, sino por los propios aliados que, cuchillo en mano, cuestionaron la herencia, la dote y hasta el régimen de bienes.

EL PT, con tono de cónyuge agraviado, acusó riesgo de ‘partido hegemónico’, como si apenas estuviera descubriendo con quién se casó. El Verde, más pragmático —como quien revisa el contrato matrimonial—, objetó la distribución de poder y financiamiento. Traducción: el problema no era el amor, sino cómo se repartían los bienes. Y entonces llegó el Plan B, ese intento de reconciliación que en cualquier juzgado familiar se llamaría ‘convenio modificatorio’. 

MORENA convocó a sus aliados, los sentó en la mesa —léase Secretaría de Gobernación— y, tras horas de negociación, todos firmaron el equivalente político de un ‘sí, acepto’. Pero como en todo matrimonio tóxico, el ‘sí, acepto’ venía con letra chiquita. Apenas unos días después, el PT empezó a comportarse como cónyuge en fase de reconsideración: que siempre no estaba tan claro el tema de la revocación de mandato, que no le parecía eso de empatarla con elecciones, que mejor lo discutimos, que no me presiones. 

ES DECIR, el clásico: ‘no es que no quiera, es que no estoy listo’. Morena, en su papel de parte demandante, respondió con una mezcla de paciencia y advertencia. La presidenta prácticamente les dijo: ‘pónganse de acuerdo’, que en lenguaje matrimonial equivale a un elegante ‘defínanse o nos vamos a juicio’. Mientras tanto, el PVEM juega a ser el cónyuge aparentemente estable: promete votos, sonríe en la foto y dice que todo está bien en casa. 

AUNQUE nadie debe engañarse. Ese “13 de 14” votos que ofrecen en el Senado suena más a cláusula de salida que a compromiso sólido. En términos legales: es un contrato con reservas. Además, el Verde también trae su propio expediente paralelo: la negociación de candidaturas, especialmente en San Luis Potosí. Porque en este matrimonio, como en muchos, el conflicto de fondo no es el amor… es la herencia. Así, lo que vemos no es una ruptura, sino algo más sofisticado: una relación de codependencia política. 

ESTÁ claro que Morena necesita a sus aliados para alcanzar mayorías calificadas; los aliados necesitan a Morena para seguir siendo relevantes. Nadie se quiere divorciar, pero nadie está dispuesto a ceder sin condiciones. El resultado es este espectáculo de audiencias públicas donde todos declaran unidad, mientras en los pasillos se negocian cláusulas, excepciones y salidas de emergencia. Un matrimonio donde cada votación es una audiencia incidental y cada reforma, un posible motivo de divorcio.

EL PLAN ‘B’, en ese sentido, no es sólo una reforma electoral. Es una prueba de convivencia. Un test para saber si esta relación aguanta otra crisis o si, finalmente, alguien decide presentar la demanda de separación definitiva. Por ahora, todo indica que seguirán juntos. No por amor, sino por conveniencia. Como esos matrimonios que ya no se soportan, pero que siguen compartiendo casa porque dividir los bienes sale más caro. En la política mexicana, el romance murió hace tiempo. Lo que queda es un contrato… y muchas ganas de incumplirlo.

@Nido_DeViboras

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