POR KUKULKAN
EN MÉXICO ya no basta con pelear por el presupuesto, las elecciones o las mañaneras. Ahora también hay una batalla campal por los muertos. Sí, por los próceres, los conquistadores, los revolucionarios y hasta por las bancas de bronce. La política mexicana entró oficialmente a la era de la ‘guerra de las estatuas’, donde cada grupo intenta borrar los símbolos del adversario mientras jura defender “la verdadera historia”.
LA MÁS reciente escena de esta tragicomedia ocurrió con la polémica misa en honor a Hernán Cortés promovida por sectores de la derecha española y mexicana. La ceremonia terminó suspendida entre protestas, críticas y acusaciones cruzadas. Para unos, se trataba de reivindicar la herencia hispana y el mestizaje; para otros, era poco menos que organizar una fiesta de cumpleaños para el verdugo histórico de los pueblos originarios. La Cuarta Transformación reaccionó como era previsible: denunciando un acto provocador de los conservadores y recordando las atrocidades de la conquista.
PERO aquí viene lo divertido: los mismos que hoy celebran el haber derribado monumentos coloniales pusieron el grito en el cielo cuando alcaldías de oposición quitaron las esculturas del Che Guevara y Fidel Castro en la colonia Tabacalera. Entonces ya no era “justicia histórica”, sino censura ideológica. Y los mismos que ahora lloran por Hernán Cortés hace apenas unos años aplaudían retirar símbolos de la izquierda latinoamericana porque “ofendían a las víctimas del comunismo”. Bienvenidos al maravilloso mundo donde la memoria histórica depende de quién gane las elecciones.
PORQUE la realidad es brutalmente simple: los héroes de un grupo siempre serán los villanos de otro. Hernán Cortés fue conquistador para unos y genocida para otros. El Che Guevara es símbolo revolucionario para la izquierda y un criminal para la derecha. Cristóbal Colón representa descubrimiento para algunos y saqueo para otros. Y así podríamos seguir hasta el infinito. Lo curioso es que todos actúan sorprendidos, como si la historia hubiera sido alguna vez neutral.
LA FIEBRE iconoclasta no fue invento de México. El mundo entero lleva décadas tumbando estatuas como si fueran fichas de dominó ideológico. Tras la caída de la Unión Soviética, miles de monumentos de Lenin fueron derribados en Europa del Este. En Irak, la caída de la estatua de Saddam Hussein se convirtió en símbolo televisado del fin de una dictadura. En Estados Unidos, las protestas raciales terminaron con esculturas de generales confederados y esclavistas cubiertas de pintura o arrastradas por las calles.
LA ESTATUA del traficante de esclavos en Inglaterra, Edward Colston, acabó hundida en un río. Y en América Latina, los gobiernos cambian las placas, los nombres de avenidas y los monumentos con el mismo entusiasmo con el que cambian directores de oficinas. La pregunta de fondo no es si las estatuas deben quedarse o irse. La verdadera pregunta es quién decide qué memoria merece ocupar el espacio público.
JAMÁS los monumentos han sido simples adornos urbanos; son declaraciones de poder. Cada estatua colocada en una plaza representa la versión oficial de la historia que una generación quiso imponer sobre otra. Por eso la disputa actual en México resulta tan feroz. Morena busca resignificar el país desde una narrativa indígena, popular y anti neoliberal. La oposición responde defendiendo figuras históricas asociadas a Occidente, al liberalismo clásico o al hispanismo. Ambos bandos se acusan mutuamente de querer ‘borrar la historia’, cuando en realidad los dos hacen exactamente lo mismo: editarla a conveniencia.
Y MIENTRAS políticos, activistas y opinadores se desgarran las vestiduras por esculturas de bronce, el ciudadano promedio apenas logra esquivar los baches alrededor de esos monumentos en disputa. Tal vez ahí está la ironía más mexicana de todas: vivimos peleando por héroes muertos mientras los problemas vivos siguen intactos. Al final, ninguna estatua garantiza memoria eterna y ningún derribo cambia el pasado. Lo único que cambia es quién controla el relato. Y en México, como en todas partes, la historia siempre la escriben… los sobrevivientes.



