Robar identidades, práctica tolerada a telefónicas

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POR KUKULKAN

EN ESTE país, donde cambiar de identidad parece más fácil que cambiar de compañía telefónica, bastó un trámite exprés y una sonrisa convincente para que una usuaria perdiera algo más que la señal: perdió el control de su vida digital. Y todo, cortesía de una empresa telefónica que, según parece, confunde ‘verificación de identidad’ con ‘pásele joven, aquí le damos su nueva SIM sin preguntas incómodas’.

EL MODUS operandi no es nuevo. Se llama SIM swapping, pero bien podría rebautizarse como ‘robo con autorización implícita’. Porque mientras el usuario cree que su número es suyo, las telefónicas lo tratan como si fuera un volante de publicidad: cualquiera puede tomarlo, siempre y cuando diga su nombre con suficiente seguridad. Total, ¿quién necesita protocolos robustos cuando hay ventanillas ágiles?

TODO comenzó, como empiezan las tragedias contemporáneas, con un silencio incómodo: un teléfono que deja de funcionar. Nada fuera de lo común en un país donde la señal es tan intermitente como la rendición de cuentas. Pero ese silencio no era técnico, era el prólogo de un despojo. En cuestión de horas, la vida digital de una usuaria fue hackeada con la elegancia de un trámite burocrático: su SIM fue reemplazada… en otra entidad… por alguien que, al parecer, convenció más que ella misma de ser ella.

EL RESULTADO fue devastador: cuentas bancarias comprometidas, contraseñas cambiadas, y lo más grave, la difusión de imágenes íntimas. La privacidad convertida en espectáculo, cortesía de una cadena de negligencias que alguien, en algún escritorio, decidió llamar “procedimiento estándar”. Y por si fuera poco, la respuesta inicial fue digna de manual: la culpa es del usuario. Porque claro, ¿a quién se le ocurre vincular su número telefónico con sus propias cuentas?

Y AQUÍ es donde la magia corporativa entra en escena. Las empresas telefónicas, esas que presumen tecnología de punta y cobertura nacional, parecen operar con protocolos dignos de una papelería de barrio. Cuando falla el sistema, la narrativa es conocida: el responsable siempre es el ciudadano por ‘usar demasiado’ los servicios que las propias empresas promueven. Una lógica impecable: te venden la llave de tu vida digital… pero si alguien más la usa, es porque tú la entregaste mal cuando es una obligación de las telefonías garantizar que a la venta de una SIM confirmen las identidades del adquiriente para prevenir futuros fraudes.

SE TRATA de un delito, pero eso no es lo verdaderamente fascinante, sino la coreografía institucional que lo rodea. Empresas que juran cumplir ‘todos sus procedimientos’ —aunque nadie sepa exactamente cuáles— y autoridades que, durante años, han observado el espectáculo con la serenidad de quien ve llover… pero desde adentro. Miren que regular en serio implicaría incomodar a quienes, casualmente, nunca pierden la señal.

Y COMO la esperanza muere al último, ocurrió el milagro: la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió el caso de la usuaria víctima recordando lo evidente: que las telefónicas no son simples mensajeros del aire, sino custodios de datos que hoy valen más que una firma autógrafa; que un número celular no es un accesorio, sino la llave maestra de cuentas bancarias, redes sociales y, sí, también de la intimidad ¡Vaya descubrimiento!

PERO no nos emocionemos demasiado. Que haya una sentencia no significa que haya sistema. Este caso logró esquivar el pantano de la impunidad, más por terquedad de la víctima que por eficiencia institucional. Esta vez no se resignó al clásico ‘levante su reporte’ y decidió llevar el caso hasta las últimas consecuencias. Y entonces ocurrió lo inesperado: la Suprema Corte, esa instancia que suele aparecer cuando el desastre ya está documentado, certificado y emocionalmente devastador, le otorgó la protección para que le sean pagados los daños.

EL FALLO es, en esencia, una revelación tardía: las telefónicas no son simples intermediarias, son responsables de proteger los datos que administran. Una obviedad que, en cualquier otro contexto, no necesitaría sentencia. Pero aquí, en este ecosistema donde la negligencia suele disfrazarse de error administrativo, hizo falta la voz más alta del sistema judicial para recordar lo básico. Así que la próxima vez que alguien le diga que su información está segura, recuerde: en el país donde su identidad puede transferirse en ventanilla, la verdadera cobertura no es la de la red… sino la de la impunidad.

@Nido_DeViboras

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