POR KUKULKAN
EN POLÍTICA internacional no existen las casualidades; existen los pretextos. Y cuando Washington desempolva un expediente de hace treinta años para acusar a Raúl Castro por el derribo de dos avionetas, no está buscando justicia: está buscando escenario. Sin justificación de por medio, de pronto el imperio descubrió un súbito amor por la memoria histórica, entonces habría que preguntarle por Irak, por Libia, por Afganistán o por los cientos de expedientes donde la justicia estadounidense suele extraviarse entre drones, petróleo y discursos democráticos.
TREINTA años después del incidente de las avionetas de “Hermanos al Rescate”, la Casa Blanca decide que ha llegado la hora de “hacer justicia”. Qué conmovedora puntualidad. Tres décadas de silencio y ahora, casualmente, cuando Cuba atraviesa una de sus peores crisis económicas y energéticas, aparece el viejo libreto del enemigo hemisférico.
Y ES QUE en Washington no envejecen los conflictos: se refrigeran hasta que vuelven a ser útiles. La historia es conocida. En 1996, dos avionetas fueron derribadas por la Fuerza Aérea cubana tras repetidas incursiones denunciadas por La Habana. Murieron cuatro personas y el episodio tensó aún más la ya histérica relación entre ambos países.
HUBO condenas internacionales, resoluciones de la ONU y décadas enteras para litigar políticamente el asunto. Pero no. Estados Unidos decidió guardar el caso como quien conserva un machete oxidado detrás de la puerta: no por nostalgia, sino para usarlo cuando haga falta. Y tal parece que ahora hace falta. Tras la acusación judicial vino el movimiento militar. En las últimas semanas, se ha visto al USS Nimitz navegando por el Caribe como quien estaciona una tanqueta frente a la casa del vecino para “dialogar”.
TÍPICO que Washington hable de democracia mientras mueve portaaviones. Un clásico de su diplomacia. El mensaje es claro: cuando las sanciones no doblan a un país, se exhiben los músculos. Rusia, por supuesto, ya levantó la voz y denunció lo que considera un intento de “poner de rodillas” al pueblo cubano. Moscú acusa a Estados Unidos de usar la imputación contra Raúl Castro para justificar una presión sin precedentes e incluso insinuar una intervención armada.
Y AUNQUE el Kremlin tampoco es precisamente un club de monaguillos pacifistas, hay algo grotescamente evidente en este nuevo capítulo: el guion se parece demasiado al aplicado en Venezuela. Primero llegan las sanciones. Luego el bloqueo financiero. Después la narrativa humanitaria. Más tarde las acusaciones penales contra los líderes incómodos. Finalmente, la presencia militar “preventiva”. El problema no es que el método sea nuevo; el problema es que ya lo conocemos demasiado bien.
LO IRÓNICO es que Cuba lleva más de medio siglo sobreviviendo al asedio económico más largo del planeta. Han pasado once presidentes estadounidenses prometiendo el colapso definitivo de la Revolución y ahí sigue la isla, maltrecha, empobrecida, agotada quizá, pero de pie. Washington apostó durante décadas a que el hambre haría el trabajo que no pudieron hacer los misiles ni la CIA. Y el resultado ha sido exactamente el contrario: el bloqueo terminó convirtiéndose en el mejor argumento político del castrismo.
CADA sanción fortalece el relato de resistencia. Cada amenaza alimenta el nacionalismo. Y cada intento de “liberar” a Cuba desde Washington termina recordándole al mundo que la democracia exportada en barcos de guerra suele venir acompañada de cadáveres y contratos petroleros. Claro, tampoco se trata de romantizar al régimen cubano. La isla arrastra censura, pobreza, represión y una generación entera atrapada entre apagones y nostalgia revolucionaria.
PERO una cosa es criticar al gobierno cubano y otra muy distinta aceptar que Estados Unidos se autoproclame fiscal universal de la moral hemisférica. Sobre todo cuando sus criterios de justicia suelen activarse únicamente donde hay interés geopolítico. La gran pregunta no es por qué Estados Unidos acusa hoy a Raúl Castro. La pregunta real es por qué decidió hacerlo justo ahora. Y la respuesta parece navegar en el Caribe escoltada por destructores y aviones de combate. El imperio no suele desempolvar expedientes viejos por dignidad jurídica. Los desempolva cuando necesita fabricar legitimidad para nuevas presiones. Y en esa peligrosa costumbre, América Latina ya tiene demasiadas cicatrices.



