El ego también cobra aranceles

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POR KUKULKAN

EN POLÍTICA internacional hay alianzas que nacen por intereses, otras por conveniencia y algunas por simple química entre egos. La relación entre Donald Trump y la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, parecía pertenecer a esta última categoría. Él la presentaba como la dirigente europea que “sí entendía” su visión del mundo; ella aprovechaba la cercanía con Washington para proyectarse como una interlocutora privilegiada entre Europa y Estados Unidos. Todo marchaba sobre ruedas… hasta que el espejo dejó de reflejar únicamente a uno de los dos.

SI ALGO ha demostrado Trump durante décadas es que la lealtad tiene fecha de caducidad: termina exactamente el día en que alguien deja de aplaudirlo. La cronología resulta reveladora. Mar-a-Lago, fotografías, elogios mutuos, invitaciones especiales y sonrisas de campaña. Después vinieron las diferencias sobre temas de política internacional, la prudencia italiana frente a ciertos conflictos militares y la defensa que Meloni hizo de posiciones que no coincidían con las de la Casa Blanca.

TODO lo que en cualquier democracia madura sería un desacuerdo entre aliados terminó convertido en una afrenta personal. Y ahí aparece el verdadero protagonista de esta historia: el megalomanismo. Cuando un jefe de Estado convierte cualquier diferencia política en una traición personal, deja de discutir ideas para comenzar a exigir devoción. No basta con coincidir en el 90 por ciento de la agenda; el 10 por ciento restante se interpreta como un acto de deslealtad imperdonable.

ENTONCES, la política exterior deja de parecerse a una mesa de negociación y comienza a parecerse a un club de admiradores donde sólo se admite una ovación permanente. Las declaraciones atribuidas a Trump sobre que Meloni “le suplicó” una fotografía ilustran perfectamente esa lógica. Más que un argumento diplomático, parecen el guion de un concurso de popularidad. Poco importa si la afirmación resiste el contraste con los hechos; lo importante es alimentar la narrativa del líder indispensable, del personaje alrededor del cual todos giran y cuya aprobación se convierte en la moneda más valiosa del planeta.

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CUANDO esa versión fue desmentida por la mandataria italiana, la respuesta ya no transitó por los canales diplomáticos tradicionales. Llegaron las publicaciones en redes sociales, las burlas y los mensajes que reducen una diferencia entre gobiernos al terreno del espectáculo digital. Como si la política internacional pudiera resumirse en un intercambio de memes. Ese es, quizá, el mayor síntoma del culto a la personalidad: la necesidad permanente de ocupar el centro del escenario. En ese libreto, cualquier desacuerdo deja de ser un debate legítimo para convertirse en un ataque al protagonista. 

SI ALGUIEN se atreve a decir “no”, automáticamente pasa de aliado ejemplar a adversario digno de escarnio público. Meloni tampoco es una figura ajena a la firmeza política ni a la confrontación. Ha construido su liderazgo con posiciones contundentes y un discurso que suele dividir opiniones. Pero una cosa es sostener diferencias entre gobiernos y otra muy distinta reducir la diplomacia a un concurso de egos donde la medida del éxito consiste en demostrar quién recibió más aplausos o quién aparece más veces en la fotografía.

LA PARADOJA resulta inevitable. Quien prometía devolver la grandeza a Estados Unidos termina dedicando parte de su capital político a disputar relatos personales con una aliada estratégica. Mientras el mundo enfrenta guerras, tensiones comerciales y desafíos económicos, la conversación pública se desvía hacia quién pidió una foto, quién respondió en redes y quién lanzó el meme más estridente. Así, la diplomacia corre el riesgo de convertirse en un reality show donde los intereses nacionales quedan relegados detrás del espectáculo.

QUIZÁ esa sea la enseñanza más incómoda de este episodio. El poder, cuando se alimenta exclusivamente del reconocimiento personal, termina confundiendo el respeto institucional con la admiración incondicional. Y cuando eso ocurre, cualquier desacuerdo se vive como una ofensa, cualquier crítica como una conspiración y cualquier aliado independiente como un enemigo en potencia. Los liderazgos sólidos aceptan el disenso. Los egos desmedidos, en cambio, sólo aceptan el espejo. Y cuando el espejo deja de devolver la imagen esperada, la culpa nunca es del reflejo; siempre es de quien tuvo la osadía de mirar hacia otro lado.

@Nido_DeViboras

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