- Reapareció, gritó “¡Nunca he sido narco, nada!”, ocupó su escaño, pasó lista, votó para la integración de la Mesa Directiva y se retiró.
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CIUDAD DE MÉXICO.- Reapareció, gritó “¡Nunca he sido narco, nada!”, ocupó su escaño, pasó lista, votó para la integración de la Mesa Directiva y se retiró.
En medio de un ambiente de expectación, el senador Enrique Inzunza, imputado por el Departamento de Justicia por presuntas ligas con el narco, se apersonó en el Senado para la instalación de la nueva Mesa Directiva del Tercer Año de la LXVI Legislatura del Congreso de la Unión.
Tras 124 días de ausencia y al filo de las 16:20 horas, vestido con un traje oscuro y corbata negra, el sinaloense irrumpió en su oficina del cuarto piso de la sede legislativa.
Una nube de reporteros se formó justo frente a la puerta. “Ahí los atiendo, para que haya orden”, propuso al anunciar que bajaba al llamado “chacalódromo” para ofrecer una conferencia de prensa.
“Hemos sido objeto de una embestida mediática, de calumnias, hace ya poco más de cuatro meses, desde que una oficina del Departamento de Justicia de Estados Unidos publicó un instrumento de lawfare, que eso es: un instrumento de guerra judicial, sin aportar una sola prueba”, se defendió, aparentemente tranquilo.
Inzunza trajo a escena luego la figura de la Fiscal General, Ernestina Godoy, “de gran compromiso, responsabilidad y ética”, para alegar que no se le había encontrado nada que lo comprometiera.
“Estamos en presencia de un asunto de corte político”, sentenció. “Uno es lo que ha sido toda la vida: mi vida profesional está bajo escrutinio. Desde niño, en Los Altos de Sinaloa, he trabajado desde los cinco años”.
A ratos la conferencia se convertía en un tira a tira con reporteros. Reconocería que sus cinco cuentas bancarias estaban congeladas, pero también que había cobrado puntualmente su dieta mediante cheques de por medio.
“No he tenido comunicación con la Presidenta (Claudia Sheinbaum) a quien respeto en su carácter de jefa de todos los mexicanos”, aclaró.
El sinaloense aceptó que había ido a entrevistarse con su paisano y amigo Rubén Rocha el día en que este regresó a Palacio de Gobierno en Culiacán. “Me pidió que lo fuera a visitar, me pidió algún tipo de consejo y le dije lo que en realidad consideraba que debía de decirle”, reseñó.
-¿Conoce a “El Chapo”? ¿A “El Mayo” Zambada?, se le cuestionó.
“¡No, señor..! ¡Nunca he sido narco, nada!: ni narcobibliotecario ni narcotaquero ni narcomagistrado ni narcolegislador!”, respondió.
Apuró la conferencia, entró al área conocida como “pasos perdidos” y allí permaneció por un buen rato, hasta que la saliente presidenta de la Cámara alta, Laura Itzel Castillo, tocó la campana para llamar a los trabajos legislativos.
Entró al pleno por el acceso izquierdo y allí lo recibieron algunos integrantes de Morena como uno de los suyos, aunque ya no formara parte de ese grupo legislativo.
El primero que lo saludó fue el oaxaqueño Antonino Morales; luego Alejandro Esquer, el ex secretario privado de Andrés Manuel López Obrador; y -con un efusivo abrazo- Lucía Trasviña. Después lo recibió Alfonso Cepeda, el líder del SNTE. Dos panistas lo saludaron: Susana Zataraín y Miguel Márquez.
Desafiante, ocupó su escaño y registró su nombre en el tablero electrónico.
La sesión para elegir la Mesa Directiva discurriría sin sobre saltos. La oposición se la perdonó. La priista Paloma Sánchez había colocado en su escaño una cartulina con la consigna “Narcosenador”.
“¡Fuera narcosenador!”, lo encaró después la panista Lilly Téllez.
El mexiquense Higinio Martínez rendiría protesta como nuevo presidente. Se entonó el Himno Nacional y el senador sinaloense se retiraba del salón de plenos.
Nadie más lo encaró. Inzunza llegó, provocó y se fue.




