- A un año de la explosión de La Concordia, familiares y vecinos conmemoraron a las 32 víctimas con una misa y exigieron que el lugar sea preservado como memorial.
STAFF / AR
CIUDAD DE MÉXICO.- La guardia del Heroico Cuerpo de Bomberos recuerda la magnitud de la tragedia. Las cruces y fotografías hablan de las vidas cortadas. Los sobrevivientes son el consuelo de los que lloran.
Las jardineras bajo el Puente de la Concordia volvieron a llenarse de los familiares de las 32 víctimas mortales por la explosión de gas LP derivada de la volcadura de una pipa, en la zona de Santa Martha.
A un año del siniestro, la angustia de quienes buscaban a sus seres queridos en listas de hospitales se transformó en el doloroso recuerdo de quienes físicamente ya no están, pero viven en la memoria.
En el sitio, que el 10 de septiembre de 2025 fue cubierto por una densa cortina de gas que en sólo 30 segundos se convirtió en llamaradas, ayer se ofició una misa en honor a las víctimas.
Debajo de la copa de los pocos árboles que hay en el lugar, familias enteras rezan frente a los altares conformados por coronas florales, cruces y veladoras.
El motor de los camiones de carga que no dejan de circular por la zona recuerdan el peligro.
El acceso al sitio de la explosión es complicado, algunos bajan por las laderas, entre piedras sueltas, hierba y basura.
Otras caminan pegadas al muro de contención y esperan a que los automovilistas les cedan el paso. Aunque hay presencia de autoridades, no hay acordonamiento para la seguridad de las familias.
“Se siente como un panteón, mi esposo murió aquí y aunque sus restos están en otro lugar, aquí venimos a recordarlo”, cuenta Rosa María, esposa de Juan Antonio Hernández Betancourt.
Su familia fue de las primeras en llegar, arreglaron su cruz y le llevaron flores. Hincados entre el bullicio del distribuidor vial se abren paso sus rezos.
Brenda, en tanto, camina entre los autos que circulan entre Iztapalapa y Chalco. En su mano derecha carga la foto de Tiffany Odette Cano González, su nuera, joven de 17 años que murió el 21 de octubre en el hospital.
La imagen, con un moño negro en la esquina superior derecha del marco, la aferra a su pecho. En su mano izquierda carga un ramo de crisantemos blancos.
Las familias se dispersan por el área verde llena de cruces y árboles que no recuperaron su follaje tras ser abrasados por el fuego.
“No me gusta pasar por aquí, es la tercera vez que vengo desde hace un año, duele mucho”, confiesa Evelyn, madre de Cano.
La misa es para recordar a las víctimas, aunque también se reconoce la labor de los cuerpos de emergencia y seguridad que rescataron a los heridos.
Amigos de las víctimas y vecinos de la zona también acudieron en muestra de apoyo.
“No soy familia de ninguna víctima, pero vimos la explosión de cerca, nos espantamos y luego corrimos a ver si podíamos ayudar a alguien. La gente corría quemada, olía mucho a gas y había gritos por todos lados. Venimos a rezar por ellos”, cuenta Rosalba, vecina de la Colonia Ermita Zaragoza.
El pase de lista de las 32 víctimas acaba en llanto y con la exigencia de que el lugar no sea abandonado y se mantenga como un memorial.




