Rodolfo “El Negro” Montes
En la semántica del poder, los nombres nunca son una coincidencia azarosa. Hamid, el segundo nombre del titular de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, proviene del árabe y se traduce textualmente como “digno de alabanza”.
Y vaya paradoja: alabar a Omar Hamid García Harfuch es exactamente lo que está haciendo el gobierno de Estados Unidos, aunque para la narrativa política mexicana esa caricia venga cargada de espinas.
Tras el vendaval desatado durante la Cumbre de las Drogas en Argentina, el superpolicía mexicano ha quedado colocado, como se dice en el argot del barrio y de la alta política, estrictamente entre la espada y la pared.
De un lado del tablero está el director de la DEA, Terry Cole quien no dudó en señalar a García Harfuch como un “socio de confianza”, un interlocutor sólido en la lucha contra el crimen organizado.
El veneno venía en la rosa, pues el jefe antidrogas estadounidense lanzó señalamientos directos contra otros altos funcionarios del gobierno mexicano, sugiriendo la permanencia de presuntos vínculos y complicidades con el narcotráfico. Un elogio a quemarropa que en Palacio Nacional retumbó como una detonación de alto calibre.
La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, con la narrativa de soberanía por delante, no tardó en atajar el golpe acusando a las agencias estadounidenses de desplegar una táctica para “dividir a su gobierno”.
La tesis es clara: alabar al responsable de la seguridad nacional mientras se mancha la reputación del resto del aparato estatal no es un halago diplomático, sino una maniobra para sembrar discordia interna y quebrantar la cohesión del gabinete.
Y justo en medio de ese fuego cruzado queda parado Hamid.
Si el secretario abraza con entusiasmo los aplausos de la DEA y de Washington, se expone al fuego amigo de la 4T, donde cualquier visto bueno del vecino del norte suele ser interpretado como síntoma de subordinación o deslealtad al proyecto institucional.
Pero si rechaza con vehemencia el espaldarazo de Terry Cole para alinearse con el discurso de barricada de Palacio, corre el riesgo de dinamitar la de por sí frágil relación de cooperación bilateral en materia de inteligencia y combate al fentanilo que su propia dependencia está obligada a sostener.




