Ovnis y extraterrestres para desviar el meteorito Epstein

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POR KUKULKAN

EN LA VASTA galaxia del espectáculo político estadounidense, donde cada declaración es una supernova y cada escándalo un agujero negro, esta semana los terrícolas asistimos a un nuevo avistamiento: el de los extraterrestres como coartada orbital. La alerta vino del ex inquilino de la Casa Blanca, Barack Obama, y viajó a la velocidad de la luz por redes sociales y noticieros: ‘los extraterrestres son reales’, soltó.

Y BASTÓ con esa línea, pronunciada en tono reflexivo sobre la probabilidad estadística de vida en un universo infinito, para que la ufología de sobremesa se apoderara del prime time. Minutos después, vino la aclaración: no, no vio platillos en el Jardín Sur ni recibió informes secretos sobre embajadores de Alfa Centauri. Hablaba de astrobiología, no de marcianos con credencial del Pentágono.

PERO en la política contemporánea, una aclaración es apenas polvo cósmico frente a la explosión inicial. Y entonces apareció el otro protagonista de esta ópera espacial, Donald Trump, con su traje de comandante en jefe de la flota intergaláctica, exigiendo la desclasificación total de archivos sobre OVNIs y ‘vida extraterrestre’. Nada menos. Transparencia galáctica. Apertura cósmica. El Área 51 convertida en museo interactivo.

SOBRE el planeta Tierra el contraste era digno de una serie de ciencia ficción clase B. Mientras Obama apelaba a la ecuación de Drake y a la vastedad del universo —ese argumento casi poético de que sería arrogante pensar que estamos solos—, Trump agitó paranoico la bandera de la seguridad nacional y la sospecha. ‘Que se abran los archivos’, salió a decir, como si detrás de cada expediente clasificado se escondiera un gremlin verde con visa diplomática.

SIEMPRE ávido de señales de escándalo en el firmamento, el circo mediático se apresuró a comprar boleto en primera fila. Se organizaron paneles televisivos de especialistas sobre UAPs (ovnis rebautizados con tecnicismo respetable), analistas hablando de inteligencia no humana y conductores nocturnos evocando a Roswell con solemnidad académica. La conversación pública orbitando, feliz, alrededor de luces en el cielo. Todo muy entretenido. Todo muy cinematográfico.

LO CURIOSO —o lo cósmicamente conveniente— es el timing. Y es que mientras las cámaras enfocaban el cielo en busca de naves nodrizas, en la Tierra seguía creciendo otro fenómeno menos luminoso: el escándalo en torno a los expedientes de Jeffrey Epstein, desclasificados parcialmente y aún envueltos en una nebulosa de omisiones, nombres tachados y responsabilidades diluidas. Un agujero negro jurídico donde la gravedad de los hechos parece no alcanzar a todos por igual.

AHÍ ES donde la ufología política se vuelve fascinante y se aplica la teoría del ‘distractor mediático’ —ese arte de lanzar un objeto brillante al cielo para que todos lo miren mientras ocurre algo más incómodo en tierra firme— con el objetivo de alcanzar niveles de audiencia de manual. ¿Qué mejor cortina de humo que una cortina de plasma interestelar? En el argot astrobiológico, se habla de biofirmas: señales químicas que delatan la presencia de vida en un planeta distante. En el argot político, las biofirmas son los patrones repetidos: cuando el escrutinio se intensifica, surge un tema de alto voltaje emocional que desplaza la conversación.

LA COARTADA hoy es la existencia de alienígenas, mañana tal vez el descubrimiento de otra constelación. En el Nido de Víboras no se niega el interés legítimo por los fenómenos aéreos no identificados. La pregunta sobre el origen de la vida más allá de la Tierra es tan antigua como el telescopio. El propio gobierno estadounidense ha reconocido investigaciones sobre UAPs y la ciencia explora exoplanetas con potencial de habitabilidad. Pero convertir esa fascinación en herramienta de agenda coyuntural es otra cosa: es pasar de la astrofísica a la astropolítica.

ES ENFOCAR el telescopio hacía el infinito cósmico mientras los expedientes Epstein flotan como satélites incómodos. Desclasificados, sí, pero no necesariamente esclarecedores. La promesa de transparencia total suena potente cuando se dirige hacia archivos sobre platillos voladores, pero menos espectacular resulta cuando la transparencia debería apuntar a redes de poder, complicidades y silencios demasiado humanos. En este teatro de sombras cósmicas, la opinión pública es invitada a elegir: ¿prefiere debatir sobre civilizaciones avanzadas a años luz o sobre responsabilidades terrenales a pocos metros del poder? La respuesta, a juzgar por el rating, es evidente.

QUIZÁ la verdadera vida extraterrestre no esté en Marte ni en los hangares secretos del desierto de Nevada, sino en la capacidad infinita de la política para reinventar su narrativa gravitacional. Un día somos ciudadanos; al siguiente, espectadores de una saga interplanetaria. Y así, entre meteoritos discursivos y eclipses informativos, la democracia orbita. No alrededor del Sol, sino alrededor del último objeto brillante lanzado al firmamento mediático. Porque en esta galaxia llamada poder, los ovnis no siempre vuelan en el cielo: a veces aterrizan en la agenda pública justo cuando más conviene mirar hacia arriba.

@Nido_DeViboras

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