POR KUKULKAN
EN EL VASTO zoológico del escándalo mediático nacional, tocó turno a una criatura fantástica: el therian escolar. Según el nuevo grito de guerra digital, los libros de texto gratuito de tercer grado estarían adoctrinando a la niñez mexicana en la noble tradición de ‘identificarse como animal’. El motivo del aullido colectivo: ilustraciones de niños con máscaras y colas dentro de un ejercicio lúdico. Sí, máscaras. En primaria. El Apocalipsis llegó disfrazado de zorrito.
LA ACUSACIÓN sostiene que la Secretaría de Educación Pública habría abierto la puerta a la ‘ideología therian’, esa subcultura nacida en foros anglosajones de los años noventa donde algunos usuarios afirmaban experimentar una identidad psicológica o espiritual vinculada a un animal no humano. Nada nuevo bajo el sol mitológico: la humanidad lleva milenios jugando con la hibridación simbólica, desde chamanes hasta licántropos.
Y ES QUE en la era digital todo necesita etiqueta, comunidad y, por supuesto, algoritmo. El término therian —derivado del griego thērion, bestia— no nació en la SEP ni en el salón de tercero B. Surgió en rincones virtuales donde la identidad se ensaya con la misma soltura con la que se cambia de avatar. Hoy su visibilidad responde menos a su tamaño real que a su capacidad de convertirse en contenido viral. TikTok hace el resto: una máscara, cuatro brincos en el parque, millones de vistas y la sensación de que el mundo ha perdido la cordura.
Y ENTONCES apareció el libro Proyectos Comunitarios de la Nueva Escuela Mexicana. Una unidad sobre fauna urbana y desplazamiento de especies incluye ilustraciones de niños con máscaras de animales para explicar movimientos corporales y convivencia con el entorno. Recursos pedagógicos básicos. Juego simbólico. Lo que cualquier manual didáctico ha hecho desde que el Homo sapiens dibujó bisontes en cavernas. Pero el algoritmo, ese dios caprichoso, olió sangre en esta ilustración.
ACTO seguido, una captura de pantalla fuera de contexto, una narrativa alarmista y listo: ‘la SEP enseña a los niños a ser animales’. La indignación digital es el nuevo deporte olímpico. No requiere lectura completa, sólo conexión estable y predisposición al espanto. Lo fascinantes no es la ilustración, sino la velocidad con que un concepto de nicho global se convierte en amenaza nacional.
LA CULTURA de red opera como ecosistema cerrado: un término que circula en comunidades específicas es arrancado de su hábitat, amplificado por cuentas con agenda ideológica y servido como prueba de decadencia moral. La pedagogía pasa a segundo plano; lo importante es el performance del escándalo. Los críticos más entusiastas hablan de ‘adoctrinamiento zoológico’, como si un dibujo de colitas equivaliera a una cátedra de licantropía aplicada.
SE IGNORA, convenientemente, que el material no menciona la palabra therian, ni promueve identidad espiritual alguna, aunque la precisión nunca fue requisito para la viralidad. En el fondo, la polémica revela algo más interesante: la ansiedad frente a cualquier forma contemporánea de identidad. Lo que antes era juego infantil hoy se examina con lupa ideológica. Si un niño imita a un jaguar en el patio, ¿es exploración motriz o declaración metafísica?
SEGÚN la lógica conspirativa, estamos a un paso de exigir bebederos en el aula para cachorros imaginarios. Mientras tanto, la conversación educativa real —infraestructura, comprensión lectora, desigualdad— queda sepultada bajo el ruido. El algoritmo no premia la discusión estructural; recompensa el susto inmediato. Y así, una actividad didáctica sobre fauna urbana termina convertida en campo de batalla cultural.
EL FENÓMENO therian, en su versión global, es en gran medida una identidad digital performativa, moldeada por comunidades en línea y reforzada por la retroalimentación constante de vistas y comentarios. No es una conspiración curricular ni una estrategia secreta del Estado. Es, más bien, otro ejemplo de cómo internet puede magnificar subculturas hasta darles dimensiones míticas.
EN EL Nido de Víboras la moraleja es clara: cuando el algoritmo gobierna la percepción, cualquier ilustración puede transformarse en herejía pedagógica. Hoy son máscaras de lobo; mañana será un dibujo de dinosaurio que promueve la paleontología radical.
TAL VEZ convendría recordar que la imaginación infantil no necesita permiso ideológico para existir. Jugar a ser animal no convierte a nadie en bestia. Pero jugar a indignarse por todo sí nos acerca peligrosamente a la caricatura. Y en ese teatro de sombras digitales, el verdadero depredador no es el zorro del libro. Es la desinformación que corre, sigilosa y hambrienta, por la selva del timeline.


