El milagro que no cotiza en dólares

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POR KUKULKAN

MIENTRAS los gurús del turismo siguen babeando por el dólar gringo, el all inclusive y la selfie frente al mar turquesa, en México hay un fenómeno mucho más poderoso, más constante y —para su desgracia— menos glamoroso: el turismo de la fe. Ese que no presume en Instagram, pero llena carreteras, satura autobuses y deja billetes contantes y sonantes sin necesidad de concierge ni spa. Más de 40 millones de personas. Repítalo despacio. Cuarenta millones.

SORPRENDENTE en un país donde los destinos de sol y playa presumen cifras internacionales como si fueran trofeos olímpicos, pero resulta que el verdadero gigante turístico camina en sandalias, carga imágenes religiosas y, en muchos casos, llega hincado. Lo dice sin adornos la Secretaría de Turismo: este segmento genera alrededor de 25 mil millones de pesos. Y en Semana Santa —la joya de la corona espiritual— la derrama nacional podría superar los 300 mil millones. Sí, leyó bien.

UNA CIFRA que haría sonrojar a más de un resort de Cancún que presume ocupaciones del 80% como si fueran milagros económicos. Pero aquí viene la ironía: este turismo no suele entrar en los discursos aspiracionales del país. No hay campañas sofisticadas para promover peregrinaciones, ni influencers recomendando ‘la mejor experiencia mística del Bajío’. Sin embargo, ahí están: la Basílica de Guadalupe, San Juan de los Lagos, Juquila, Chalma… destinos que, sin branding internacional, tienen más convocatoria que muchos festivales patrocinados.

Y LUEGO está Iztapalapa. Dos millones de personas para ver un Viacrucis. Dos millones. Sin boletos VIP, sin zonas exclusivas, sin pulserita dorada. Pura fe… y una logística que cualquier organizador de eventos internacionales envidiaría en silencio.

MIENTRAS tanto, el turismo ‘premium’ presume que menos del 10% de los visitantes genera hasta el 30% de la derrama. Muy bien. Aplausos. Pero el turismo religioso juega otro juego: volumen brutal con gasto constante. No será el turista que paga 5 mil dólares por un fin de semana wellness, pero es el que compra comida, transporte, recuerdos, hospedaje económico y, sobre todo, regresa. Cada año. Sin falta. Sin necesidad de campañas.

EL CONTRASTE es delicioso. Por un lado, el Caribe mexicano, con su dependencia del turismo internacional, vulnerable a crisis económicas, huracanes o cambios en el tipo de cambio. Por el otro, millones de mexicanos que no necesitan visa ni paquetes todo incluido para movilizar la economía. Sólo necesitan fe… y un calendario litúrgico. Y es que si algo deja claro este fenómeno es que el turismo más rentable no siempre es el más sofisticado, sino el más fiel. Literalmente. Aquí es donde el discurso oficial empieza a tambalearse. Durante años, la estrategia fue clara: atraer más extranjeros, aumentar el gasto promedio, posicionar destinos de lujo…

Y SÍ, FUNCIONA. Pero mientras tanto, el turismo religioso ha crecido casi en silencio, sosteniendo economías locales, llenando pueblos y generando ingresos que no dependen de Wall Street ni del humor del viajero europeo. ¿La gran paradoja? Este segmento, que mueve millones y mantiene vivas tradiciones, sigue siendo tratado como turismo de segunda. No hay grandes inversiones en infraestructura pensada para peregrinos, ni planes ambiciosos para potenciar estas rutas como productos turísticos de alto valor cultural. Y sin embargo, ahí está, superando expectativas cada año. Quizá porque el turismo de la fe tiene algo que ningún otro segmento puede comprar: certeza. No depende de tendencias, ni de modas, ni de algoritmos. Depende de algo mucho más antiguo y mucho más poderoso. Creer.

ASÍ QUE mientras los analistas siguen calculando cuántos dólares deja un turista extranjero en la Riviera Maya, millones de mexicanos ya hicieron cuentas a su manera: caminar, llegar, cumplir y regresar. Y en el camino, dejar una derrama económica que, aunque no siempre se mida en divisas, ya quisieran —aunque no lo admitan— las grandes cadenas hoteleras del Caribe mexicano. Después de todo, en este país, el verdadero milagro no siempre ocurre en la playa… sino en la carretera.

@Nido_DeViboras

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