- ONE MEXICO 2050 (Chapter Two)
Sergio León Cervantes
México no sólo pierde cuando falta dinero. Pierde cuando el dinero se fuga por corrupción, inseguridad, burocracia, informalidad, mala educación, baja productividad e incertidumbre jurídica. Esa es la factura invisible del Estado que no funciona: no aparece completa en el presupuesto, pero se cobra todos los días en empresas que no abren, inversiones que no llegan, jóvenes que no aprenden, empleos que no se formalizan y familias que viven con miedo.
En el primer capítulo dijimos que el futuro de México no es un nuevo partido, sino un nuevo modelo de Estado. Hoy toca ponerle precio a seguir igual.
La inseguridad les costó a los hogares mexicanos 269.6 mil millones de pesos, equivalente a 1.07% del PIB. Cada persona afectada perdió, en promedio, 6,226 pesos. Pero esa cifra apenas mide una parte del problema: no incluye por completo lo que pierden empresas, transportistas, comercios, aseguradoras, inversionistas y gobiernos locales. Cuando un negocio paga seguridad privada, cambia rutas, cierra temprano o decide no expandirse, la violencia deja de ser sólo un problema policiaco: se convierte en un impuesto económico.
La corrupción también cobra. Su costo directo en trámites se estima en decenas de miles de millones de pesos; pero su daño mayor está en lo que no se ve: permisos más caros, obras más lentas, licitaciones infladas, inversión detenida y ciudadanos que aprenden que la ley se negocia. Un país corrupto no sólo pierde dinero; pierde reputación. Y cuando un país pierde reputación, el capital exige más rendimiento, espera más tiempo o simplemente se va.
La burocracia es otra fuga. Abrir una empresa en México todavía depende demasiado del municipio, la ventanilla, el criterio y la paciencia. El viejo indicador Doing Business ubicaba el proceso en 8 trámites, 8.5 días y un costo equivalente a 16.3% del ingreso per cápita. Estonia permite crear empresas digitales en horas. Singapur convirtió la eficiencia pública en ventaja competitiva. Corea entendió que el Estado debía ser acelerador, no obstáculo. México sigue perdiendo emprendedores en el laberinto del trámite.
La incertidumbre jurídica es quizá la fuga más peligrosa. México ocupa el lugar 121 de 143 países en Estado de derecho. Eso significa que contratos, permisos, juicios, propiedad y regulaciones no generan la confianza que exige una economía de alto valor. Por eso la Inversión Extranjera Directa, aunque alcanza cifras históricas, revela una advertencia: al primer trimestre de 2026 México recibió 23,591 millones de dólares, pero 22,222 millones fueron reinversión de utilidades y apenas 1,705 millones correspondieron a nuevas inversiones. Las empresas que ya están aquí reinvierten; muchas que podrían llegar todavía observan.
La educación también nos está cobrando. En PISA 2022, México obtuvo 395 puntos en matemáticas frente a 472 del promedio OCDE; 415 en lectura frente a 476; y 410 en ciencias frente a 485. Sólo 34% de los estudiantes mexicanos alcanzó el nivel básico en matemáticas, contra 69% promedio de la OCDE. Esto no es sólo un problema escolar: es una alerta económica. Sin matemáticas, lectura, ciencia, inglés, tecnología e inteligencia artificial, el nearshoring puede llegar sin encontrarnos preparados.
La informalidad completa la factura. Más de la mitad de los trabajadores mexicanos sigue en la informalidad. Eso significa menos seguridad social, menor productividad, menor recaudación y empresas más pequeñas. Un país donde millones trabajan sin protección difícilmente puede convertirse en potencia de innovación.
Durante años México creyó que bastaba con producir para que el bienestar llegara solo. Después creyó que bastaba con repartir para corregir los rezagos. La evidencia demuestra que ninguna de las dos rutas, por sí sola, es suficiente. Cuando un país deja de producir, termina sin recursos para resolver sus problemas. Pero cuando deja crecer sus problemas sociales, termina perdiendo capacidad para producir.
Ese es el círculo vicioso: producimos poco, recaudamos poco, corregimos tarde, gastamos más, prevenimos menos y volvemos a empezar. Lo pagan los contribuyentes, los empresarios, los trabajadores, los consumidores y también quienes nunca han recibido una oportunidad real.
One Mexico 2050 debe romper esa lógica. No se trata de escoger entre crecimiento o justicia social. Se trata de construir un Estado capaz de hacer ambas cosas al mismo tiempo: producir más riqueza y reducir las causas que obligan a gastar cada vez más dinero en reparar lo que no se previno.
El costo de seguir igual no es únicamente lo que perdemos: es lo que dejamos de ganar. Si México corrigiera parcialmente sus fallas institucionales, podría aspirar a crecer entre 2.5% y 3% anual. Si además elevara inversión, productividad, innovación y certeza jurídica, el escenario intermedio podría ubicarse entre 3.5% y 4%. Y si lograra una transformación profunda —con inversión fija cercana al 30% del PIB, gobierno digital, justicia confiable, seguridad territorial y educación productiva— el escenario ambicioso podría acercarse a 4.5% o 5% sostenido. No son promesas: son escenarios. Pero muestran que la diferencia entre administrar problemas y resolverlos vale puntos enteros del PIB.
México no sólo necesita más presupuesto. Necesita menos fugas.
La próxima transformación no será gastar más. Será perder menos, prevenir mejor, invertir con inteligencia y construir un Estado que convierta confianza en prosperidad.
¡Hasta la próxima semana, con nuevos retos y oportunidades!
Sin miedo a la cima, que el éxito ya lo tenemos.
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