POR KUKULKAN
DICEN que las bolas de nieve empiezan pequeñas, casi inofensivas, pero basta con empujarlas por la pendiente correcta para que terminen arrasando todo a su paso. El caso Jeffrey Epstein es justo eso: un copo que cayó en Florida hace más de una década y hoy se ha convertido en una avalancha global que sepultó reputaciones, carreras políticas y biografías oficiales… en casi todo el mundo. Casi.
PERO mientras en Europa bastó con que un nombre apareciera en la libreta de direcciones del depredador para que rodaran cabezas, en Estados Unidos —y en México— la nieve se derrite antes de tocar ciertos apellidos. Los llamados Epstein files han operado como un espejo incómodo del poder. No prueban delitos por sí mismos, pero revelan algo que suele ser más corrosivo: la cercanía.
EN CONTRASTE, en países donde la ética pública todavía importa —o al menos finge importar— esa cercanía ha tenido costos inmediatos. Ahí está el caso del Reino Unido. Peter Mandelson, viejo zorro del laborismo, no fue acusado de abuso alguno, pero la simple evidencia de su relación sostenida con Epstein bastó para convertirlo en un pasivo político. Renuncias, explicaciones públicas, reputación hecha trizas.
EN NORUEGA, la sacudida fue aún mayor: investigaciones, disculpas públicas desde la realeza y funcionarios obligados a abandonar cargos por no haber sabido explicar qué hacían frecuentando a un delincuente sexual convicto. En Eslovaquia, Miroslav Lajčák optó por la salida rápida antes de que la mancha creciera.
EN FRANCIA, Jack Lang tuvo que comparecer ante la opinión pública como quien explica una vieja foto comprometedora encontrada en el álbum familiar.
EN TODOS esos países ocurrió lo mismo: apareció el nombre, se encendió la alarma y alguien pagó el precio político. No hubo necesidad de sentencias ni de procesos eternos. Bastó el descrédito.
LA BOLA de nieve rodó. Pero al cruzar el Atlántico, la pendiente cambia. En Estados Unidos, el país donde Epstein operó durante años con una red de complicidades sociales y financieras, el escándalo parece tener zonas térmicas especiales. Donald Trump, fotografiado, citado y vinculado socialmente con Epstein en múltiples ocasiones, sigue caminando como si la nevada fuera un efecto óptico. Ninguna investigación en curso, ningún costo político real. El hombre que sobrevive a todo —impeachments, asaltos al Capitolio, condenas civiles— también ha sobrevivido al amigo incómodo.
Y MÉXICO… bueno, México es otro microclima. Aquí, la bola de nieve se observa desde lejos, como si fuera un fenómeno ajeno. Empresarios mencionados, políticos referidos en investigaciones periodísticas, rumores que cruzan fronteras, pero ni una sola carpeta de investigación abierta, ni una comparecencia, ni un ‘explique su relación con’. En un país donde la justicia suele ser selectiva, el silencio no sorprende: confirma.
LA COMPARACIÓN es brutal. En Noruega, una princesa pidió disculpas públicas por haber intercambiado correos con Epstein. En México, ni siquiera se considera necesario aclarar si hubo trato alguno. En Reino Unido, un político veterano fue empujado al retiro. Aquí, el principio tácito parece ser otro: mientras no haya expediente, no hay escándalo; mientras no haya escándalo, no hay costo.
EL CASO Epstein, entonces, no sólo exhibe una red global de poder, dinero y abusos. También desnuda algo más profundo: cómo cada país entiende la responsabilidad pública. En algunos, la ética funciona como freno de emergencia. En otros, como adorno retórico. Y en unos cuantos, como un estorbo.
LA BOLA de nieve sigue rodando. Crece con cada documento desclasificado, con cada testimonio, con cada nombre que sale a la luz. Pero no todos están en la misma pendiente. Algunos miran desde abajo, cubiertos de lodo. Otros, curiosamente, parecen estar hechos de teflón térmico. Y ahí está la verdadera lección del escándalo Epstein: no todos los poderosos temen al frío. Algunos aprendieron hace tiempo a caminar sobre la nieve sin dejar huellas.


