POR KUKULKAN
LA INDIGNACIÓN de la derecha mexicana y sus voceros encontró los últimos días un nuevo motivo para revolcarse en redes sociales. Bastó que la presidenta Claudia Sheinbaum recomendara a la población no ver TV Azteca para que algunos sectores reaccionaran como si hubiera decretado el cierre de la televisora, ordenado el secuestro de sus antenas o enviado a la Guardia Nacional a confiscar controles remotos.
DE PRONTO, aparecieron los defensores de la libertad de expresión rasgándose las vestiduras y denunciando supuestos intentos de censura. El drama fue tan exagerado que por momentos parecía que estábamos presenciando la caída del Muro de Berlín versión Ajusco.
PERO conviene aterrizar las cosas. TV Azteca sigue transmitiendo. Sus conductores siguen opinando. Sus programas siguen al aire. Sus comentaristas siguen criticando al gobierno. Sus espacios informativos siguen operando con absoluta normalidad. Entonces surge la pregunta incómoda: ¿exactamente dónde está la censura?
EL HECHO de criticar a un medio no es censurarlo. Cuestionar su contenido basura no es silenciarlo. Señalar sus excesos tampoco equivale a clausurarlo. Si así fuera, cada comentario negativo en redes sociales sería un atentado contra la democracia y cada crítica a un periodista sería una violación a los derechos humanos.
QUE ALGUIEN vea o no TV Azteca no es lo verdaderamente interesante. Lo preocupante es la calidad de lo que millones de personas consumen diariamente frente a una pantalla. Durante años, buena parte de la televisión comercial ha perfeccionado una fórmula sencilla pero rentable: alimentar el morbo, explotar el escándalo, convertir la vida privada de los famosos en asunto de Estado y presentar conflictos insignificantes como si fueran acontecimientos históricos.
POR EJEMPLO, ahí están programas como Ventaneando cuando privilegia el chisme sobre el análisis, o espacios como ¡Venga la Alegría! cuando el entretenimiento superficial desplaza cualquier contenido que aporte reflexión, conocimiento o crecimiento personal. Y no se trata de satanizar el entretenimiento. Todos necesitamos distraernos. El problema aparece cuando la distracción se convierte en la dieta principal.
NADIE pretendería alimentarse exclusivamente de frituras, refrescos y comida ultra procesada sin esperar consecuencias para su salud. Sin embargo, millones consumen diariamente toneladas de basura emocional sin cuestionar los efectos que eso produce en su mente. Porque sí, existe la comida chatarra para el cuerpo, pero también existe la comida chatarra para el cerebro.
HORAS y horas de escándalos, pleitos, rumores, tragedias magnificadas, confrontaciones artificiales y polémicas vacías terminan moldeando la percepción de la realidad. El cerebro absorbe lo que observa. La mente reproduce aquello a lo que se expone constantemente.
DESPUÉS nos preguntamos por qué abundan la ansiedad, la irritabilidad, el pesimismo o la sensación permanente de que todo está mal. Quizá porque muchas personas pasan más tiempo consumiendo conflictos fabricados que construyendo pensamientos propios.
Y AQUÍ ES donde la discusión se vuelve incómoda para todos. No solamente para las televisoras. Resulta más fácil culpar a los gobiernos, a los medios, a los empresarios o a los algoritmos que asumir una verdad elemental: cada persona decide qué deja entrar a su cabeza.
LA TELEVISIÓN puede producir toneladas de basura, pero nadie obliga a consumirla. El control remoto sigue estando en las manos del espectador. Y aunque parezca una revelación revolucionaria, cambiar de canal continúa siendo legal en México.
POR ESO el debate no debería centrarse en si Claudia Sheinbaum tiene razón o no al recomendar evitar cierto canal. EL VERDADERO debate es otro: ¿qué estamos consumiendo todos los días y qué efectos tiene sobre nuestra forma de pensar? Y es que mientras algunos discuten sobre censura imaginaria, pocos hablan sobre la epidemia de superficialidad que invade pantallas, redes sociales y plataformas digitales.
AL FINAL, TV Azteca no desaparecerá por una declaración presidencial. Tampoco dejará de existir el contenido basado en el morbo, el espectáculo vacío o el amarillismo. Eso seguirá ahí porque genera audiencia y ganancias. La pregunta relevante es si seguiremos consumiéndolo sin cuestionarlo.
TAL VEZ ha llegado el momento de apagar un poco la televisión y encender un poco más el cerebro. Porque existe una verdad incómoda que ninguna empresa mediática quiere admitir y que ningún político puede resolver por nosotros: tarde o temprano, aquello que consumimos termina consumiéndonos.



