- En hombre que, de acuerdo con las denuncias, ha pasado de las amenazas digitales a una cacería física que mantiene en vilo la vida de una niña de 10 años y la de su madre.
IGNACIO CANUL
MÉRIDA, YUC.- La oscuridad de la madrugada en la colonia Campestre no fue suficiente para ocultar el mensaje, pero sí para profundizar el miedo.
A las 03:49 horas del pasado 13 de marzo, el silencio fue roto por el crujir de las cámaras de seguridad que fueron arrancadas y las manchas de pintura en aerosol.
No fue un robo común, fue un acto de marcaje; para la víctima, una madre que lleva años huyendo de una sombra, la interpretación es inequívoca: “Es un mensaje claro: sabemos dónde vives”.
La mujer, cuya identidad se reserva por seguridad, ha decidido romper el silencio ante la Fiscalía General del Estado (FGE) y la opinión pública.
Su victimario tiene nombre y apellido: Mario Eduardo Peniche Pérez, un hombre que, de acuerdo con las denuncias, ha pasado de las amenazas digitales a una cacería física que mantiene en vilo la vida de una niña de 10 años y la de su madre.
La violencia no empezó con el ataque a las cámaras, el historial de agresiones se lee como un manual de violencia de género progresiva; desde principios de 2025, el teléfono de la víctima se convirtió en un arma en manos de Peniche Pérez.
“Te voy a cazar pendeja”, rezaba un mensaje recibido el 21 de febrero de ese año. “Te estoy localizando porque ubicadas ya están”, sentenció otro texto el ocho de septiembre.
A pesar de que la madre ganó una demanda por pensión alimenticia en 2021 —por la suma de tres mil 500 pesos mensuales que él nunca ha pagado, figurando hoy en la lista de deudores alimentarios—, la respuesta del progenitor no ha sido la responsabilidad, sino la intimidación.
Según la denuncia, Peniche Pérez ha acudido a domicilios de familiares para alardear de que posee toda su información personal: rutas, vehículos y, lo más alarmante, el colegio de la menor.
El temor de la víctima no es infundado ni paranoico, existe un antecedente que hiela la sangre: el mejor amigo de Peniche Pérez cometió un feminicidio en Mérida en 2020 antes de quitarse la vida.
Esta cercanía con la violencia extrema, sumada al conocimiento del agresor sobre el manejo de armas, eleva el riesgo a un nivel crítico.
“Si no estás conmigo, no me interesa la niña”, habría dicho el sujeto años atrás, marcando una pauta de control total: la menor no es un vínculo, sino un rehén emocional.
Durante una década, la madre ha lidiado con chantajes y violencia psicológica, incluso con abogados del agresor que, según reporta, acosan a sus familiares para obligarla a retirar las denuncias.
La situación es una carrera contra el reloj; la madre ha solicitado a las autoridades de Yucatán que se active de manera urgente el protocolo de atención de violencia de género. Su exigencia es puntual: medidas de protección permanentes.
Hasta ahora, el auxilio policial ha sido intermitente, con guardias que duran apenas dos meses antes de ser retiradas, dejando la puerta abierta para que el acechador regrese.
En un estado que se jacta de su seguridad, el caso de esta madre pone a prueba las instituciones.
Mientras tanto, Peniche Pérez sigue en libertad, vigilando colegios y enviando mensajes de odio, una familia en la colonia Campestre vive bajo llave, esperando que el Estado actúe antes de que el “te voy a cazar” se convierta en una tragedia irreparable.


