POR KUKULKAN
MIÉRCOLES de pasión en la política mexicana. Y no, no es metáfora gratuita: lo de Samuel García empieza a parecer procesión, con estación tras estación de derrotas, abucheos y resoluciones judiciales que caen como latigazos. Mientras en la Ciudad de México, en la sobria liturgia del Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, las ministras y ministros desechaban —con la calma de quien ya ha visto esta película demasiadas veces— otro paquete de controversias promovidas por el Ejecutivo de Nuevo León, en Monterrey se vivía la versión terrenal del calvario.
EN TIERRA regia, entre industriales y trajes planchados, no hubo incienso ni coro gregoriano. Hubo algo más directo, más regio, más honesto:
“¡FUERA SAMUEL!” Así, sin parábolas. El gobernador llegó acompañado de la presidenta Claudia Sheinbaum a la asamblea de Caintra, pero el recibimiento no fue de palmas, sino de reclamos. Como si en lugar de un acto protocolario se tratara de una representación viviente donde el protagonista ya no es el redentor, sino el sacrificado. Y es que el guion se ha ido escribiendo solo.
PRIMERA estación: el litigio eterno. Samuel, en su papel de cruzado jurídico, ha cargado con decenas de controversias constitucionales contra el Congreso local. Cada una presentada como batalla decisiva, como el momento en que finalmente “se pondría orden”.
SIN EMBARGO la Corte —ese Sanedrín moderno— ha respondido con una consistencia casi monástica: una tras otra, las ha ido desechando, sobreseyendo o resolviendo en su contra. La más simbólica, la 240/2023, terminó por dejar claro que el Congreso no había despojado al gobernador de su derecho de veto, sino que simplemente había aprendido a esquivarlo. No hay milagro ahí, sólo técnica legislativa.
SEGUNDA estación: el desistimiento. En este viacrucis no sólo hay derrotas, también hay renuncias. Varios de los asuntos más recientes ni siquiera llegaron al altar del debate: fueron retirados por el propio Ejecutivo estatal. Como quien, en plena procesión, decide soltar la cruz para evitar el peso del ridículo.
TERCERA estación: el reclamo terrenal. En Caintra, Coparmex, Canaco… el sector empresarial —ese que rara vez levanta la voz en público— ha empezado a hacerlo. Y no con sutilezas. Denuncian extorsiones, abusos, presiones. Lo dicen frente a él. Lo dicen sin filtros. Y hoy lo gritaron. Si algo quedó claro este miércoles es que la narrativa del ‘gobernador incomprendido’ empieza a agotarse. Ya no alcanza con señalar al Congreso, ni con judicializar cada desacuerdo. Cuando los abucheos vienen de quienes antes eran aliados naturales, el problema deja de ser político y empieza a ser estructural.
CUARTA estación: la exposición. La escena tiene algo casi simbólico: Samuel siendo abucheado mientras camina junto a la presidenta. Dos proyectos, dos estilos, dos momentos. Uno consolidándose en el poder; el otro, atrapado en una espiral donde cada intento de control termina en una nueva derrota. No es que el gobernador no tenga herramientas. Es que ha elegido una estrategia que, hasta ahora, ha fracasado sistemáticamente: llevar la política a los tribunales esperando ganar lo que no logra en el Congreso.
Y LA CORTE, paciente pero firme, ha dejado claro que no está para corregir correlaciones políticas. Quinta estación: el silencio institucional. Y es que lo más duro no son las resoluciones en sí, sino lo que implican: que, pese a la insistencia, el equilibrio de poder en Nuevo León no se ha movido. El Congreso sigue ahí, intacto. Y el Ejecutivo, cada vez más solo en su cruzada.
AL FINAL del día, el viacrucis político tiene una diferencia con el religioso: aquí no hay resurrección garantizada.
Y MIENTRAS en la Corte se archivan expedientes como quien apaga veladoras consumidas, en Monterrey las voces suben de tono. Porque el problema ya no es jurídico. Es de legitimidad. Y en política, cuando empiezan los abucheos… no hay sentencia que los silencie.


