- El mensaje pronunciado este domingo por la presidenta Claudia Sheinbaum desde el Monumento a la Revolución fue una declaración política de largo alcance.
FELIPE VILLA
CIUDAD DE MÉXICO.- Más que un informe de gobierno, el mensaje pronunciado este domingo por la presidenta Claudia Sheinbaum desde el Monumento a la Revolución fue una declaración política de largo alcance.
Lejos de limitarse a enumerar cifras y programas, la mandataria construyó una narrativa cuyo eje central fue uno: la Cuarta Transformación ha alcanzado un nivel de consolidación institucional, económica y social que hace prácticamente imposible revertirla desde el poder.
“México ya cambió. Nada ni nadie va a detener la Transformación de nuestra patria.”, aseguró ante la Plaza de la Revolución desbordada de simpatizantes.
La afirmación no estuvo dirigida únicamente a los asistentes. Fue un mensaje para la oposición, para actores económicos, para grupos de poder nacionales e incluso para factores externos que, desde la visión del oficialismo, buscan recuperar espacios perdidos durante los últimos años.
En su discurso, la presidenta presentó la Transformación como un proyecto de gobierno sexenal, a la vez de un cambio estructural que ya modificó las bases del Estado mexicano.
Detrás de cada dato presentado asomó una lógica política. Por ejemplo, cuando Sheinbaum habló de que cerca de 43 millones de mexicanos reciben programas sociales, no describió únicamente una política pública, sino la construcción de una nueva relación entre el Estado y los ciudadanos.
La magnitud de estos programas ha generado una base social sin precedentes que convirtió los apoyos sociales en derechos adquiridos por millones de familias.
Desde esta perspectiva, tranquilizó sobre cualquier intento futuro por eliminar o reducir estos beneficios, pues enfrentaría una enorme resistencia social.
Es ahí donde el énfasis de la mandataria hizo aparecer el verdadero significado político del discurso: la Transformación busca convertirse en una nueva normalidad institucional.
No se trata solamente de ganar elecciones, apuntó. Se trata de modificar las condiciones para que las decisiones fundamentales tomadas durante este periodo sean políticamente irreversibles.
La misma lógica aparece en el ámbito laboral. El aumento histórico al salario mínimo, la regulación de trabajadores de plataformas digitales, la ampliación de derechos laborales y la aprobación de la semana de 40 horas representan cambios que modifican directamente la vida cotidiana de millones de personas.
Durante décadas, el salario mínimo fue símbolo del deterioro económico. Hoy se ha convertido en uno de los principales emblemas políticos del proyecto gobernante.
La Transformación busca dejar instaladas reformas cuya reversión resulte socialmente inviable, subrayó.
Otro de los pilares del mensaje presidencial fue la expansión de la presencia estatal. Nuevos hospitales, centros de salud, médicos especialistas, universidades, preparatorias, viviendas y programas comunitarios conforman una red de infraestructura pública que pretende ampliar la capacidad del Estado mexicano para intervenir directamente en el bienestar de la población.
En términos políticos, esto implica una redefinición del papel gubernamental.
Mientras los gobiernos neoliberales impulsaron durante décadas la reducción de la participación estatal, la Cuarta Transformación apuesta por fortalecerla.
Con estas acciones el Estado vuelve a ser protagonista del desarrollo nacional. Y una vez construidos hospitales, universidades, trenes o sistemas de bienestar, su desaparición se vuelve prácticamente imposible.
La presidenta también dedicó buena parte de su mensaje a destacar indicadores económicos positivos.
Pero el objetivo parecía ir más allá de presumir resultados.
La intención fue desmontar una de las principales críticas históricas contra la izquierda mexicana: la idea de que un proyecto social fuerte es incompatible con la estabilidad económica.
Al destacar crecimiento de inversión extranjera, fortalecimiento del peso, disminución del déficit, aumento de exportaciones y reducción de inflación, Sheinbaum envió una señal contundente.
La Transformación no sólo es viable políticamente. También es viable económicamente.
Uno de los apartados más sensibles fue el de seguridad. La reducción de homicidios y delitos de alto impacto fue presentada como evidencia de que existe una alternativa distinta a la estrategia militarizada implementada durante gobiernos anteriores.
Cuando la presidenta afirmó que “nosotros no hacemos la guerra, construimos paz con justicia”, estableció la frontera política con el viejo modelo de combate frontal al crimen organizado.
No es solamente una evaluación de resultados. Es una disputa sobre la memoria histórica reciente del país.
La patria no se vende
Sin embargo, el mensaje de mayor carga ideológica llegó cuando la mandataria convocó a realizar asambleas públicas en todo el país bajo una consigna que remite directamente a las grandes movilizaciones históricas del nacionalismo mexicano:
“La patria no se vende, la patria se ama y se defiende.”
La frase tiene múltiples destinatarios. Por un lado, representa una respuesta a las tensiones recientes con sectores políticos y mediáticos de Estados Unidos.
Por otro, funciona como una advertencia interna hacia quienes representan, desde la narrativa oficial, al antiguo régimen político.
La expresión recupera una tradición discursiva que conecta con los momentos en que México enfrentó presiones extranjeras, intervenciones políticas o disputas por el control de recursos estratégicos.
No es casualidad. El gobierno busca colocar la discusión política actual en el terreno de la soberanía nacional.
Y en ese terreno, cualquier intento de intervención externa o de presión sobre decisiones internas puede ser presentado como una amenaza contra la independencia del país.
El mensaje para el viejo régimen, quizá el más duro del discurso estuvo dirigido a los grupos políticos que gobernaron México durante décadas, fue cuando Sheinbaum habló de la lucha frontal contra los “corruptos de antes que quieren regresar al poder”, así como a quienes buscan utilizar la Transformación para intereses personales, marcando con ello el escenario político rumbo a 2027 y 2030.
La presidenta reiteró que la disputa ya no es entre partidos, sino entre dos proyectos de nación. Uno asociado al viejo régimen de privilegios. Y otro identificado con la Transformación.
Desde esa lógica, el regreso al pasado no aparece como una alternativa democrática legítima, sino como una amenaza contra los avances alcanzados, explicó.
La mayor conclusión del discurso es que Claudia Sheinbaum no habló como una presidenta que rindió cuentas sobre sus primeros meses de gobierno. Habló como la dirigente política de un movimiento que busca consolidar una nueva etapa histórica.
Por eso insistió en la organización popular, en las asambleas públicas, en la defensa de la soberanía y en la movilización permanente.
El mensaje final fue inequívoco.
La Cuarta Transformación no pretende ser recordada como una administración más.
Aspira a convertirse en un nuevo régimen político, económico y social.



