Rodolfo ‘El Negro’ Montes
A escasos días de arrancar la hoja del calendario que marque el inicio del Mundial de Futbol de la FIFA 2026, la atmósfera global no huele a fiesta, ni a carnaval, ni a esa entrañable hermandad que el balón suele simular.
Lo que se respira en las tres naciones coanfitrionas es una densa humareda de incertidumbre. La pelota está por rodar, pero la geopolítica ya va ganando el partido por goleada.
“No hay ambiente mundialista”, ha dicho el cineasta Alejandro González Iñarritu. Y no sólo es, en el ambiente es pesado, y se siente más tensión que algarabía.
Empecemos por casa, donde el optimismo futbolero está secuestrado por el encono. México llega a su tercer Mundial sumido en una polarización política extrema, un juego de espejos rotos donde el Gobierno de la República y la oposición no se conceden ni un milímetro de tregua.
Aquí las porras no son para la Selección; los gritos de la tribuna política se centran en acusaciones brutales de bando a bando: “narcogobierno”, “narcopolíticos”, “narcooposición”. Una retórica incendiaria que ha permeado hasta la médula social.
Por si fuera poco, el vecino del norte mete la pierna dura: la presión de Washington sobre el Estado mexicano en temas de seguridad y narcotráfico actúa como una sombra sobre las canchas de juego.
¿Cómo celebrar un gol cuando el debate nacional está copado por expedientes judiciales, filtraciones y una desconfianza mutua que amenaza con desbordarse durante la justa deportiva?
El balón rodará sobre una cancha minada por la geopolítica y el encono social. Las tres sedes viven realidades diametralmente opuestas, pero unidas por el nerviosismo.
Al cruzar la frontera, el panorama no es más alentador. Estados Unidos, el gigante organizador, tiene la mente y los recursos en otro lado.
Con un frente de guerra abierto contra Irán, la superpotencia se presenta al Mundial con el músculo militar en máxima alerta y una tensión internacional que hace que los operativos de seguridad en los estadios parezcan un polvorín a punto de estallar. Si no, que nos digan de la pasión desbordada en París, tras el triunfo del equipo local en la Champions League.
A la par de los tambores de guerra en Medio Oriente, al interior de la Unión Americana se vive un drama humanitario silencioso pero implacable: las redadas masivas de la Oficina de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
Mientras los estadios de primer mundo se preparan para recibir a turistas con visado y dólares en la bolsa, miles de migrantes —muchos de ellos compatriotas— viven con el Jesús en la boca, escondiéndose de los operativos de deportación.
Una contradicción brutal: la “fiesta de la inclusión mundial” celebrada sobre el miedo de los trabajadores que, irónicamente, levantaron o remodelaron parte de esa infraestructura.
El único oasis de este convulso triunvirato parece estar en el norte profundo. Canadá se erige, sin duda, como la sede más serena de las tres, lejos de la estridencia bélica de Washington, y distante de la sangrienta guerra de lodo de la política mexicana.
Sin embargo, esa serenidad canadiense no alcanza a contagiar a un continente que arranca su torneo con los nervios de punta.
La FIFA quería una fiesta histórica, un hito de integración norteamericana.
Lo que consiguieron fue un torneo enmarcado en el muro de la sospecha, el miedo a la deportación y el rugido de los tambores de guerra.
Ojalá que cuando ruede el balón, la magia del futbol logre, al menos por noventa minutos, darnos una tregua. Pero hoy, a unos días del silbatazo inicial, la realidad es implacable: la algarabía está ausente; la tensión es la que gobierna.




