POR KUKULKAN
POR FIN nos indignamos. Tuvieron que aparecer una playera de cuatro mil pesos, una marca global, un Mundial de futbol y unas artesanas poblanas para que el país descubriera, con la sorpresa de quien encuentra agua en el mar, que en México se explota el trabajo artesanal.
QUIÉN lo hubiera imaginado. Durante décadas hemos comprado blusas bordadas en mercados turísticos regateando veinte pesos porque “ya es mucho”, hemos llenado hoteles, restaurantes y boutiques con decoración indígena adquirida a precio de remate y hemos convertido el trabajo manual de comunidades enteras en una postal folclórica para presumir en Instagram.
PERO ahora sí, ahora que una camiseta mundialista cuesta casi cuatro mil pesos y las bordadoras denuncian pagos miserables, resulta que todos despertamos convertidos en defensores de la justicia social. El problema no es que exista indignación. El problema es que llega tarde.
MUCHO más tarde que las miles de mujeres indígenas que durante generaciones han vendido su trabajo a intermediarios que multiplican por diez, veinte o cincuenta veces el valor de cada pieza antes de colocarla en una vitrina de Polanco, Nueva York o París.
LO ESCANDALOSO no es la playera. Lo verdaderamente escandaloso es que el sistema funciona exactamente así desde hace años. La diferencia es que esta vez el bordado terminó estampado junto a los logos correctos para convertirse en tendencia nacional.
DE PRONTO aparecieron expertos en comercio justo, defensores de los pueblos originarios y revolucionarios de redes sociales exigiendo explicaciones a Adidas y a la empresa intermediaria involucrada. Los mismos que probablemente nunca han preguntado quién hizo la guayabera que compraron en vacaciones, ni cuánto recibió la mujer que bordó el mantel artesanal que adorna la mesa familiar.
LA EXPLOTACIÓN artesanal en México tiene una característica fascinante: mientras permanezca invisible, nadie la cuestiona. La indignación nacional suele funcionar como las ofertas de temporada. Aparece cuando una marca famosa entra en escena.
Y CLARO que las empresas tienen responsabilidad. Cuando una compañía presume el trabajo comunitario como parte de su estrategia comercial también debe estar preparada para transparentar cuánto paga, cómo paga y bajo qué condiciones trabaja la gente que convierte una simple prenda en un producto de lujo.
SERÍA demasiado cómodo reducir la discusión a un villano corporativo. La realidad es más incómoda. El país entero participa de este modelo. Participan los intermediarios que compran barato y venden caro. Participan las autoridades que organizan ferias artesanales donde los productores apenas sobreviven. Participan los consumidores que exigen precios bajos mientras celebran la cultural mexicana. Participan los gobiernos que llenan discursos de palabras como identidad, tradición y orgullo indígena mientras las comunidades siguen atrapadas en la precariedad.
NOS ENCANTA presumir el talento artesanal mexicano. Lo que no nos encanta es pagarlo. Queremos el bordado, pero no el costo real del bordado. Queremos la artesanía, pero no la dignidad económica del artesano. Queremos la fotografía para la campaña publicitaria, pero no la conversación sobre desigualdad que inevitablemente viene detrás.
POR ESO este escándalo resulta tan revelador. No porque haya descubierto algo nuevo, sino porque exhibió algo viejo. Muy viejo. Tan viejo que ya forma parte del paisaje nacional. Las artesanas poblanas sólo pusieron rostro a una realidad que lleva décadas escondida detrás de las vitrinas, los discursos institucionales y las campañas de responsabilidad social.
MIENTRAS tanto, las redes sociales seguirán ardiendo unos días más. Habrá comunicados, aclaraciones, mesas de análisis y probablemente alguna promesa de revisión. Después llegará el siguiente escándalo. Y cuando la indignación encuentre un nuevo destino, miles de artesanos seguirán haciendo exactamente lo mismo que han hecho siempre: producir piezas extraordinarias dentro de un sistema donde el reconocimiento suele viajar más rápido que la remuneración.
QUIZÁ esa sea la verdadera marca registrada de México. No el bordado. No la playera. No el Mundial. Sino nuestra extraordinaria capacidad para sorprendernos cada vez que descubrimos algo que hemos decidido ignorar durante décadas.




