POR KUKULKAN
LA HERMANDAD es maravillosa en América Latina: aparece en los discursos, en las cumbres, en los himnos y en las frases solemnes de ocasión. Pero basta que México se ponga una camiseta verde y ruede un balón para que algunos “pueblos hermanos” guarden el abrazo bolivariano, saquen el machete verbal y conviertan el futbol en ajuste de cuentas continental. Ahí se acaba la patria grande y empieza la carnicería chica.
DURANTE décadas México ha sido tierra de refugio, paso y destino. Aquí llegaron españoles que huían de la guerra, sudamericanos perseguidos por dictaduras, centroamericanos expulsados por la pobreza y la violencia, caribeños, venezolanos, haitianos, cubanos, europeos del este y migrantes de medio mundo. Algunos encontraron escuela, trabajo, techo, familia y hasta una segunda patria.
CLARO, México no es un paraíso. También discrimina, también falla, también maltrata. Pero negar su historia de hospitalidad sería tan injusto como confundir una tribuna furiosa con todo un país. Lo curioso es que a ese México que ha abierto puertas, algunos le responden con piedras digitales. Desde ciertas aficiones latinoamericanas, cada partido se vuelve excusa para desempolvar prejuicios, burlas clasistas, xenofobia de cantina y superioridades de cartón.
TODO bajo la cómoda etiqueta de “pasión futbolera”, esa coartada perfecta para decir barbaridades y luego lavarse las manos con agua bendita deportiva. Resulta difícil entender cómo algunos pasan del agradecimiento al agravio con la misma facilidad con la que cambian la foto de perfil durante un Mundial. La hospitalidad no debería confundirse con debilidad, ni la cortesía con obligación de soportar cualquier desdén.
LO REALMENTE peligroso es cuando el balón deja de ser balón y se convierte en bandera política. Entonces aparecen quienes mezclan ideologías, nacionalismos y resentimientos para dividir donde el deporte debería unir. De pronto ya no se discute de tácticas ni de goles; se discute qué país vale más, qué sociedad es superior o quién merece ser objeto de burla. Esa sí es una derrota, aunque nadie la contabilice en el marcador.
EL CONTRASTE es venenoso. Mientras algunos vecinos del continente convierten el balón en pleito de vecindad, selecciones y aficiones de Portugal, Japón, Corea e Irán han mostrado otro trato hacia México: respeto, cortesía, convivencia y rivalidad sin espuma en la boca.
NADIE les pidió amor eterno ni serenata con mariachi; bastó algo más simple y más escaso: educación. Portugal ha competido con categoría. Japón ha demostrado que se puede ganar, perder y hasta limpiar una tribuna sin perder dignidad. Corea ha convivido con aficionados mexicanos sin necesidad de convertir el partido en guerra cultural. Irán, con todas sus diferencias, también ha dejado estampas de respeto que algunos “hermanos” deberían estudiar antes de escribir el próximo insulto con faltas de ortografía.
JUSTO ahí está el detalle: el futbol no inventa odios, sólo les presta micrófono. Y en redes sociales el micrófono siempre está abierto para el más estridente, el más acomplejado o el más necesitado de likes. México seguirá recibiendo migrantes, conviviendo con América Latina y cargando sus contradicciones.
PERO también tiene derecho a señalar la hipocresía de quienes piden solidaridad cuando la necesitan y reparten desprecio cuando el marcador les favorece. La hermandad no se presume: se practica. Y si de verdad somos pueblos hermanos, convendría recordar que hasta en las familias se vale competir, discutir y perder. Lo que no se vale es escupir la mesa donde alguna vez te dieron de comer.
CONVENDRÍA que, cuando vuelva a escucharse el discurso de la unidad latinoamericana, alguien recuerde una verdad incómoda: la fraternidad no se demuestra con discursos en las cumbres ni con publicaciones patrióticas en redes sociales. Se demuestra en el trato cotidiano hacia el otro, incluso cuando viste una camiseta distinta. Al final los goles se olvidan, los campeones cambian y las copas acumulan polvo. Lo único que permanece es la forma en que tratamos a los demás.




