Sale de las aulas el socialismo estadounidense

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  • Desde hace décadas, el socialismo estadounidense llevaba organizándose entre estudiantes, trabajadores y activistas sólo para criticar al sistema, pero hoy cuenta con candidatos, estructuras territoriales y capacidad para disputar el rumbo del Partido Demócrata.
STAFF / LUCES DEL SIGLO 

CIUDAD DE MÉXICO.– La reciente investigación de The New York Times Magazine ha vuelto visible una corriente socialista dentro de la política electoral en Estados Unidos, que durante décadas creció en universidades, sindicatos y movimientos sociales, antes de adquirir fuerza electoral dentro del Partido Demócrata.

Publicada el 10 de julio bajo el título How American Socialism Changed, and Stormed the Democratic Party (‘Cómo cambió el socialismo estadounidense y tomó por asalto el Partido Demócrata’), la investigación presenta al movimiento socialista como una fuerza que, pese a sus derrotas históricas, aprendió a adaptarse a cada época y alcanzó un nivel de influencia política sin precedentes dentro del Partido Demócrata.

De acuerdo con la investigación, durante buena parte del siglo XX, declararse socialista en Estados Unidos equivalía a aceptar una posición marginal dentro de la política nacional. La Guerra Fría, el anticomunismo y la asociación del término con la Unión Soviética convirtieron esa identidad en una pesada carga electoral. 

Sin embargo, el socialismo estadounidense nunca desapareció: se refugió en organizaciones sindicales, movimientos estudiantiles, campañas por los derechos civiles y pequeños espacios de militancia que sobrevivieron lejos de las cámaras. Ahora, esa corriente ha comenzado a ocupar el centro de la discusión.

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La publicación desató reacciones contrapuestas. Para los sectores conservadores, el crecimiento de los Socialistas Democráticos de América, conocidos como DSA, confirma que el Partido Demócrata enfrenta una ofensiva organizada desde su izquierda. Un exintegrante del movimiento sostuvo en el New York Post que grupos más radicales transformaron internamente al DSA y ahora pretenden reproducir esa estrategia dentro del partido, desplazando a sus sectores moderados.

Desde la izquierda, la lectura es distinta. La revista Jacobin considera que el avance socialista obliga a discutir si el Partido Demócrata puede servir como vehículo para una transformación económica profunda o si eventualmente será necesario construir una organización política diferente. Para esta corriente, el objetivo no se limita a ganar candidaturas, sino a modificar la relación entre el Estado, los trabajadores y el poder económico.

Entre ambos extremos se encuentra un debate menos estridente: qué significa realmente ser socialista en el Estados Unidos contemporáneo. Las propuestas defendidas por muchos de estos candidatos —vivienda accesible, servicios públicos, salud universal, transporte gratuito, protección sindical y mayores impuestos a las grandes fortunas— se acercan más a la socialdemocracia europea que a la abolición inmediata de la propiedad privada. Incluso voces críticas han comenzado a utilizar expresiones como “socialismo del consumidor” para describir políticas destinadas a reducir el costo cotidiano de la vivienda, el cuidado infantil, los alimentos o el transporte mediante subsidios y servicios municipales.

Este fenómeno no surgió de manera espontánea ni comenzó con las recientes victorias electorales de candidatos jóvenes. Las organizaciones juveniles vinculadas al socialismo democrático estadounidense tienen una historia que se remonta, al menos en su estructura actual, a la fundación del DSA en 1982. 

Durante esa década participaron en movimientos contra el apartheid, en campañas de solidaridad con Centroamérica y en luchas sindicales. Cuando la organización adulta perdió fuerza durante los años noventa, sus grupos juveniles mantuvieron buena parte de la actividad política en universidades y movimientos sociales.

Antes incluso de esa etapa, distintas generaciones de jóvenes socialistas participaron en luchas laborales, antirracistas y feministas. En Nueva York, organizaciones juveniles de izquierda tuvieron presencia en los movimientos que durante el siglo pasado conectaron las demandas de clase con los derechos civiles. 

El actual resurgimiento recupera parte de aquella tradición, aunque utiliza un lenguaje y unas herramientas adaptadas a las redes sociales y a la política electoral contemporánea. La novedad, por tanto, no es la existencia del socialismo juvenil, sino su visibilidad y su capacidad para ganar elecciones.

Durante décadas, estos grupos trabajaron desde las orillas: organizaban estudiantes, respaldaban huelgas, participaban en protestas contra guerras y promovían campañas comunitarias. Su actividad rara vez recibía atención nacional. Esa situación comenzó a cambiar con el movimiento Occupy Wall Street, la crisis financiera, las campañas presidenciales de Bernie Sanders en 2016 y 2020 y la elección de figuras como Alexandria Ocasio-Cortez.

La inconformidad acumulada encontró entonces una estructura y un vocabulario político. El aumento del costo de la vivienda, la deuda estudiantil, la precariedad laboral y la dificultad de acceder a servicios médicos hicieron que una generación más joven comenzara a cuestionar un modelo económico que prometía movilidad social, pero que ofrecía estabilidad cada vez a menos personas.

Ese malestar también está modificando el debate económico fuera de la izquierda. Un análisis de Axios sostiene que tanto sectores progresistas como conservadores se están alejando del consenso de libre mercado que dominó la política estadounidense durante aproximadamente cuatro décadas. Mientras la izquierda exige una intervención estatal más amplia, parte de la derecha adopta el proteccionismo, el nacionalismo económico y las restricciones comerciales.

El crecimiento socialista, sin embargo, no garantiza una transformación nacional inmediata. Sus triunfos se concentran principalmente en grandes ciudades, distritos progresistas y zonas con una elevada población joven. Algunos analistas advierten que esas candidaturas podrían tener dificultades para conquistar votantes moderados en estados competitivos. 

Otros consideran que pueden movilizar a ciudadanos jóvenes que no se identifican con la dirigencia tradicional demócrata. Para los republicanos, la palabra “socialismo” continúa siendo una herramienta electoral. La derecha la utiliza para asociar a todo el Partido Demócrata con el comunismo y presentar sus propuestas como una amenaza a la libertad económica. 

No obstante, esa estrategia podría tener efectos distintos entre generaciones: conserva fuerza entre electores mayores, pero pierde parte de su capacidad intimidatoria entre jóvenes que relacionan el término con servicios públicos y derechos sociales, no con los regímenes autoritarios del siglo XX.

La investigación del New York Times no documenta el nacimiento de una corriente política, sino su salida a la superficie.

El socialismo estadounidense llevaba décadas organizándose entre estudiantes, trabajadores y activistas. Durante años fue más eficaz para criticar al sistema que para conquistar espacios de gobierno. Hoy cuenta con candidatos, estructuras territoriales y capacidad para disputar el rumbo del Partido Demócrata.

Todavía no está claro si esa fuerza logrará transformar al partido, si terminará absorbida por él o si provocará una ruptura política más profunda. Lo evidente es que dejó de ser una conversación limitada a pequeñas asambleas universitarias.

Los jóvenes que durante décadas mantuvieron encendida esa corriente comienzan ahora a convertirla en votos, gobiernos locales y candidaturas nacionales. Estados Unidos no está presenciando el despertar repentino del socialismo. Está descubriendo que nunca estuvo completamente dormido.

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