El deporte opositor: descalificar hagan lo que hagan 

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POR KUKULKAN

EN MÉXICO existe una especie particularmente ruidosa: la derecha que nunca queda satisfecha. Si el gobierno no actúa contra el crimen organizado, acusan complicidad. Si actúa, gritan irresponsabilidad. Si hay balazos, reclaman violencia. Si no los hay, denuncian abrazos. Y así, en un bucle infinito de indignación selectiva. La reciente muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, alias El Mencho, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, volvió a exhibir esa gimnasia discursiva.

DURANTE la época de la 4T, la narrativa opositora ha sido clara: la llamada Cuarta Transformación “abraza” a los narcos, los deja operar y renuncia al combate frontal. Pero cuando un operativo federal termina con uno de los capos más poderosos del continente abatido, la misma oposición acusa que el gobierno puso en riesgo a la población, que fue imprudente, que generó violencia innecesaria. 

¿ENTONCES en qué quedamos? Porque si el argumento era que el Estado no tocaba a los grandes capos, los hechos contradicen la cantaleta. Joaquín Guzmán Loera —el mítico Chapo— fue extraditado a Estados Unidos y hoy purga cadena perpetua en una prisión de máxima seguridad. Antes, bajo gobiernos del Partido Acción Nacional y del Partido Revolucionario Institucional, el mismo personaje protagonizó dos fugas de penales de “alta seguridad”. Dos. Una por la puerta, otra por un túnel. Y nadie en la derecha habló entonces de “Estado fallido” con la vehemencia que hoy exhibe en redes sociales.

LA MEMORIA es selectiva cuando conviene. Durante los sexenios panistas se declaró la ‘guerra’ al narcotráfico. El resultado: decenas de miles de muertos, territorios militarizados y cárteles fragmentados que multiplicaron la violencia. Sí, hubo capturas relevantes, pero ningún líder de la magnitud simbólica del Chapo terminó definitivamente tras las rejas en ese periodo. Y cuando el PRI regresó a Los Pinos, la historia no mejoró: la fuga de 2015 fue una humillación internacional que todavía retumba.

HOY, con la 4T, el tablero ha cambiado. El Chapo está extraditado, Ismael Zambada García, el escurridizo Mayo, cayó tras décadas evadiendo a todos los gobiernos anteriores, y ahora el propio Mencho ha sido abatido. Tres nombres que durante años fueron intocables y que, sin embargo, ahora forman parte del archivo histórico del narcotráfico. A ello se suma la entrega de los capos qué cumplías sus condenas en penales de máxima seguridad y a quienes los gobiernos neoliberales protegieron para no ser extraditados.

AUN ASÍ, nada es suficiente. Y es que cuando la derecha decía “abrazos, no balazos”, lo hacía con ironía venenosa. Hoy, cuando hay balazos —y de los que cimbran estructuras criminales—, el reclamo es que se desató el caos, que hubo bloqueos, incendios, miedo. Como si la alternativa fuera detener a un capo de ese tamaño con una orden de cortesía y una cita programada por Zoom. La contradicción es evidente: exigen contundencia, pero se escandalizan por las consecuencias de ejercerla. Reclaman estrategia, pero critican la operación. Piden resultados, pero cuando llegan, cambian la métrica.

ESO no significa negar los costos. La reacción violenta tras la caída del líder del CJNG mostró la capacidad de fuego y de intimidación que aún tienen las organizaciones criminales. Hubo bloqueos, vehículos incendiados, población atemorizada. Sí, el riesgo existió. Pero también es cierto que enfrentar a estructuras de esa dimensión nunca será un trámite administrativo. Pretender que el Estado puede desmantelar un cártel sin generar reacciones es desconocer —o fingir desconocer— la naturaleza del fenómeno.

ANTE tal panorama, la discusión de fondo debería ser otra: ¿ha cambiado la correlación de fuerzas con estas capturas y abatimientos? ¿Se traducirán en una disminución real de la violencia? ¿Se está debilitando la estructura financiera y logística de los cárteles o sólo se reemplazan cabezas? Pero ese debate serio exige abandonar la trinchera automática. En el Nido de Víboras sabemos que la política mexicana es terreno fértil para el veneno retórico. Sin embargo, convendría recordar que la seguridad no es un concurso de consignas. Si no se captura a los capos, es complicidad. Si se les captura o abate, es imprudencia. Bajo esa lógica, el único escenario aceptable sería el inexistente: el de una guerra quirúrgica sin ruido, sin fuego y sin consecuencias.

LA REALIDAD, incómoda y compleja, no cabe en un tuit.

Y MIENTRAS la oposición decide cuál será la crítica de mañana, los hechos quedan ahí: los nombres que antes parecían inalcanzables hoy están presos, extraditados o muertos. Quizá no sea la solución definitiva al problema del narcotráfico, pero desmonta —al menos parcialmente— la narrativa de que “no se toca a los grandes”.

A VECES el problema no es lo que hace el gobierno. Es que, para algunos, nada será suficiente mientras no lo hagan ellos.

@Nido_DeViboras

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