POR KUKULKAN
LAS VIEJAS escrituras del poder dicen que hubo un tiempo en que la palabra del Pontífice caía como trueno sobre los reinos, y los príncipes, aun los más soberbios, inclinaban la cerviz aunque fuera por cálculo. Hoy, en cambio, el sucesor de Pedro predica en medio de un mercado donde todos gritan y nadie escucha. Y no porque haya perdido la voz, sino porque el mundo ha decidido, con renovado cinismo, que la moral es una molestia cuando estorba.
LA ESCENA reciente lo confirma: Donald Trump, desde su púlpito político, ha llamado “débil” al Papa por insistir en la paz. No es una herejía nueva, pero sí una señal de los tiempos. El pecado aquí no es el insulto —la política moderna se alimenta de ellos—, sino la naturalidad con la que se lanza contra una figura cuya misión, guste o no, ha sido históricamente recordarles a los poderosos que no todo se mide en misiles ni en votos.
Y, SIN EMBARGO, el Papa no responde con fuego, sino con la vieja letanía que muchos consideran ingenua: paz, diálogo, humanidad. “Alguien tiene que hablar”, ha dicho, como un profeta menor en tiempos de sordera mayor. Y ahí radica el verdadero conflicto: no es Trump contra el Papa, es la política del músculo contra la ética de la compasión. Pero sería un error creer que este es un duelo aislado.
EL VATICANO lleva siglos caminando sobre brasas, incomodando a reyes, presidentes y emperadores de ocasión. Ahí está Recep Tayyip Erdoğan, que alzó la voz —y no precisamente en tono de oración— cuando Roma se atrevió a nombrar el genocidio armenio por su nombre. Porque la verdad histórica, cuando no conviene, siempre se percibe como provocación. Y en ese juego, el Papa no puede negociar el lenguaje sin vender el alma.
MÁS AL ORIENTE, China ha hecho de la fe un asunto de Estado. El dragón no se arrodilla ante Roma: negocia, condiciona, vigila. En su intento de no perder del todo a sus fieles en territorio hostil, el Vaticano ha tenido que caminar entre sombras, firmando acuerdos que saben más a supervivencia que a victoria. ¿Es eso debilidad? ¿O la última trinchera de una institución que se niega a desaparecer?
EN EUROPA, Viktor Orbán levanta muros mientras el Papa pide abrir puertas. Dos visiones del cristianismo: una que se protege, otra que se entrega. El húngaro invoca raíces; el pontífice, conciencias. Y en medio, millones que no saben si la fe debe ser escudo o puente. Incluso en tierras latinoamericanas, donde la cruz convive con la política desde siempre, las tensiones no desaparecen. Jair Bolsonaro prefirió escuchar a otros púlpitos —más terrenales y menos incómodos— cuando Roma hablaba de la Amazonía y de los olvidados. Porque defender la creación implica, a veces, cuestionar la explotación. Y eso, en ciertos gobiernos, suena a blasfemia económica.
Y LUEGO está el eterno recordatorio: Martín Lutero. No presidente, pero sí detonador. Su martillo no solo clavó tesis en una puerta, sino que partió en dos la autoridad del Vaticano. Desde entonces, la Iglesia aprendió que incluso desde dentro pueden surgir las mayores rebeliones. ¿Qué une a todos estos episodios? Una constante tan antigua como incómoda: el Papa no gobierna ejércitos, pero interpela conciencias. Y eso, en un mundo donde el poder se mide en control y no en virtud, resulta irritante.
CON TODOS sus claroscuros históricos, el Vaticano arrastra una misión que no puede renegociar sin perder su razón de ser: velar por los desvalidos, hablar por los que no tienen tribuna, insistir en la paz cuando la guerra vende más titulares. Si dejara de hacerlo, si adoptara el lenguaje de la fuerza, tal vez ganaría aplausos momentáneos… pero dejaría de ser lo que dice ser. Ahí está la paradoja: se le exige al Papa que sea relevante, pero se le critica cuando lo intenta siendo fiel a su esencia. Se le pide que no haga política, pero se le cuestiona cuando sus palabras rozan el poder. Se le quiere simbólico, pero no incómodo.
Y ASÍ, en esta era de líderes que tuitean como emperadores y pueblos que consumen indignación como pan diario, el Papa camina como figura anacrónica: predicando amor en tiempos de cálculo, misericordia en épocas de estrategia. Tal vez por eso ya nadie lo respeta como antes. O tal vez —y aquí la ironía final— es precisamente porque sigue diciendo lo mismo que siempre, en un mundo que ya no quiere escuchar. Porque si la paz se vuelve motivo de burla, el problema no es el mensajero. Es la audiencia.


