Carmen Aristegui y el eco vacío del espionaje: ¿víctima o mártir de su propio relato?

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Por KUKULKÁN

UNA de las máximas del noble oficio de informar reza que cuando los periodistas se convierten en la noticia, el protagonismo comienza a pudrir la profesión. Y en el caso de Carmen Aristegui, parece que el moho ya alcanzó hasta el micrófono. Resulta que la periodista estrella ha puesto el grito en el cielo porque nadie —ni los medios, ni el gobierno, ni siquiera los tuiteros del domingo— se ha indignado como ella esperaba por el escándalo de Televisa Leaks y el presunto espionaje del que fue víctima. En tiempos donde el drama compite con el dato, Aristegui ha elegido jugar a la víctima olvidando que, en la cancha del poder, todos se manchan.

LA HISTORIA es digna de telenovela: un sistema de espionaje supuestamente operado desde las entrañas de la televisora más grande de Latinoamérica, dirigido contra periodistas incómodos, políticos incómodos, y todo aquel que molestara el eterno reinado del PRIAN. Que el espionaje existe, nadie lo niega. Que Carmen fue una de las espiadas, tampoco está en duda. Lo que sí resulta incómodo es la súbita sorpresa que muestra, como si la maquinaria de lodo no hubiera funcionado así desde siempre. Como si su nombre, elevado al altar de la pureza informativa, mereciera un trato distinto.

LO CURIOSO es que Carmen no pide justicia ante los tribunales —como cualquier ciudadano agraviado lo haría— sino atención mediática. Como si el silencio del resto de los medios fuera más grave que la violación a su privacidad. Como si la omisión de un noticiero equivaliera a un encubrimiento institucional. ¿Desde cuándo el eco social se convirtió en sinónimo de legalidad? Si quiere justicia, que denuncie. Y si la sociedad no se inmuta, que se pregunte por qué.

ARISTEGUI, que en su momento encabezó causas que cimbraron al poder —la Casa Blanca, por ejemplo— hoy parece más preocupada por su papel en la narrativa que por los hechos. Es cierto que su despido de MVS encendió una ola de solidaridad nacional, pero ese apoyo no era sólo para ella, sino para la causa: exhibir la corrupción con pruebas, no con conjeturas ni editoriales. Ahora, en cambio, recurre al soliloquio del agravio. Lamenta el silencio que ella misma ha promovido durante años al cerrar filas con posturas editoriales sesgadas, donde la crítica al obradorismo ha sido el pan de cada día, y el reflector se usó más como espada que como linterna. Y es que no basta con haber sido víctima para ser mártir. La credibilidad, como bien debería saber Carmen, es un patrimonio que se gana a pulso y se derrumba con un solo mal paso. Y últimamente, entre los desplantes de protagonismo y la información manipulada, su crédito ante la audiencia ya no es lo que fue. La causa de la libertad de expresión no se defiende con lamentos selectivos ni con reclamos de ego herido.

TELEVISA, por su parte, siempre ha jugado con cartas marcadas. Que ahora salgan documentos, audios, y nombres que la vinculan con prácticas ilegales, es grave, pero no nuevo. Lo que indigna no es el espionaje en sí —ese cáncer ya tiene metástasis— sino la memoria selectiva de quienes hoy reclaman, pero antes callaron. Carmen incluida. En resumen, la denuncia del espionaje debería ser una bandera colectiva, no una cruz personal. Si la periodista quiere justicia, que acuda al MP. Si busca solidaridad, que revise su historial editorial. Y si lo que quiere es recuperar credibilidad, que regrese al periodismo incómodo a los grupos de poder fáctico, no al espectáculo del agravio. Porque al final, la audiencia no es tonta. Sabe distinguir entre la defensa de una causa y el berrinche del ego. Y si esta vez no hubo trending topic, no fue por complicidad, sino porque muchos ya no compran el boleto al drama de siempre.

@Nido_DeViboras

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