POR KUKULKAN
EN LA POLÍTICA mexicana hay especies fascinantes. Una de las más curiosas es el conservador austerísimo cuando gobierna la izquierda, pero exquisitamente gourmet cuando gobierna la derecha. Es un ejemplar que se indigna por una torta de tamal comprada con recursos públicos, pero encuentra perfectamente razonable una langosta acompañada de vino importado si quien sostiene la copa pertenece a su mismo club político.
LA RECIENTE difusión de los gastos realizados durante viajes oficiales de la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, ha vuelto a exhibir esa peculiar doble moral que caracteriza a buena parte de la derecha mexicana. Y es que resulta que los mismos que llevan años pronunciando discursos sobre la responsabilidad fiscal, la eficiencia administrativa y la necesidad de apretarse el cinturón, parecen haber descubierto que los cinturones también se pueden aflojar cuando el cargo lo amerita.
Y VAYA que se los han aflojado. Las investigaciones periodísticas que documentan consumos en restaurantes de lujo, hospedajes en hoteles cinco estrellas, viajes internacionales y hasta servicios de limusina no han generado entre los guardianes de la ortodoxia presupuestal el mismo escándalo que provocaría cualquier gasto similar si proviniera de un gobierno de signo ideológico distinto. La diferencia no está en la factura. Está en quién la firma.
ESTÁ claro que para ciertos sectores la austeridad nunca fue una convicción. Fue un arma política. Durante años hemos venido escuchando que México debía acabar con los privilegios de la clase gobernante. Que los funcionarios debían viajar en clase turista. Que los recursos públicos pertenecían a los ciudadanos. Que el dinero de los contribuyentes debía administrarse con absoluta prudencia.
HERMOSOS principios. Tan hermosos que desaparecen misteriosamente cuando las cuentas incluyen vinos, cenas elegantes o habitaciones con vista panorámica reservadas por gobiernos emanados del PAN. En esos casos aparece una explicación mágica. Que si era una misión institucional. Que si era una reunión estratégica. Que si era una gira de promoción económica. Que si la representación del estado exige cierto nivel. Que si la inversión terminará beneficiando a Chihuahua.
DE PRONTO, lo que ayer era despilfarro hoy se convierte en protocolo diplomático. Lo extraordinario es la velocidad con la que ocurre la transformación. Un gasto puede pasar de ser una ofensa al pueblo a una necesidad administrativa en menos tiempo del que tarda un mesero en descorchar una botella de vino italiano. Aunque eso tampoco debería sorprendernos.
LA DERECHA mexicana construyó un ecosistema donde la austeridad era una obligación sólo para los demás. Para el ciudadano que batalla con la inflación. Para el trabajador que ajusta gastos cada quincena. Para el gobierno adversario que debe justificar hasta el último peso.
SIN EMBARGO, cuando el reflector apunta hacia sus propias administraciones, el discurso cambia. Entonces aparecen las sutilezas. Los matices. Las explicaciones técnicas. Los contextos. La indignación se vuelve prudencia. La crítica se vuelve comprensión. La vigilancia se vuelve silencio. Y el lujo se convierte en una inversión estratégica.
POR SUPUESTO, el debate serio no consiste en demonizar cualquier viaje oficial o cualquier gasto de representación. Gobernar implica desplazamientos, reuniones y actividades que generan costos legítimos. La pregunta que realmente importa es otra: ¿dónde quedaron aquellos estándares de austeridad que tanto exigían? Porque si un hotel de lujo es justificable hoy, también pudo haberlo sido ayer.
SI UNA CENA de cientos de dólares es una herramienta diplomática hoy, también pudo haberlo sido en otros gobiernos. Si una limusina puede explicarse como parte de una agenda institucional, entonces tal vez la discusión nunca fue sobre el gasto. Tal vez siempre fue sobre el color del partido.
ESE ES el verdadero problema que revelan estos episodios. No la factura. No el menú. No la habitación del hotel. Lo preocupante es la hipocresía. Esa costumbre tan arraigada de convertir los principios en accesorios de temporada. De defender la austeridad cuando conviene y olvidar su existencia cuando incomoda.
MIENTRAS tanto, los ciudadanos observan cómo los sermones sobre la disciplina presupuestal se sirven acompañados de platillos gourmet, copas de vino y hospedajes de lujo. Y descubren algo que en México ya parece una tradición política: algunos hablan de austeridad como los vegetarianos hablan del tocino. Con mucha pasión. Hasta que se los sirven en la mesa.




