POR KUKULKAN
EXISTE una escena que resume a la perfección el momento político que vive México rumbo a las elecciones de 2027: más de 300 aspirantes de Morena recorren estados, organizan mítines, reparten playeras, gorras y folletos, llenan plazas, movilizan simpatizantes, saturan redes sociales y construyen estructuras territoriales… mientras el Instituto Nacional Electoral todavía no decide cuáles serán las reglas para vigilar todo eso.
ES COMO arrancar un partido de futbol donde los jugadores ya llevan varios goles anotados, el público ya invadió las gradas, los patrocinadores ya colocaron su publicidad y el árbitro apenas levanta la mano para preguntar dónde quedó el silbato. Lo más extraordinario no es que existan campañas adelantadas. Eso dejó de sorprender hace años.
LO INSÓLITO es que la autoridad electoral observe el espectáculo desde la banca, como si se tratara de un amistoso entre vecinos y no de la antesala de la renovación de 17 gubernaturas. Morena volvió a perfeccionar una fórmula que ya le funcionó. Cambiarles el nombre a las campañas. Ya no son precandidatos. Tampoco candidatos. Mucho menos aspirantes.
AHORA son “coordinadores de comités de la Cuarta Transformación”. Un cambio semántico que, al parecer, también convierte la propaganda en pedagogía política y los mítines en reuniones de cortesía. La creatividad mexicana siempre encuentra caminos donde la ley todavía no pone topes.
AUNQUE las precampañas legales comienzan hasta finales de año, cientos de políticos llevan meses recorriendo municipios, saludando en mercados, inaugurando sonrisas, repartiendo abrazos y dejando claro, sin decirlo expresamente, que quieren aparecer en la boleta.
LO RIDÍCULO es que, para configurar un acto anticipado de campaña, la ley exige como requisito un llamado directo al voto. Así que basta con que los aspirantes no pronuncien las palabras mágicas. Todos entienden el mensaje, aunque nadie lo diga. Es el arte de pedir el voto… sin pedir el voto.
Y MIENTRAS los aspirantes hacen política profesional, el INE sigue atrapado en una discusión burocrática sobre cómo fiscalizar actividades que ocurren todos los días frente a sus oficinas. El propio consejero Arturo Castillo lanzó una frase que retrata el momento con brutal precisión: el Instituto se ha convertido en “un árbitro que no está arbitrando un partido que empezó hace ya mucho tiempo”.
DIFÍCIL encontrar una descripción más exacta. Porque aquí no sólo está en juego la legalidad de las campañas anticipadas. Está en juego algo mucho más delicado: la equidad de la competencia. Quien empezó a recorrer el estado hace seis meses evidentemente llega con ventaja sobre quien decida respetar los tiempos oficiales. Quien ya construyó estructuras, posicionó su nombre y llenó las redes sociales tendrá una ventaja prácticamente imposible de remontar cuando oficialmente inicien las campañas.
Y TODO ocurre sin que nadie sepa cuánto dinero se está gastando. ¿Quién paga los espectaculares disfrazados de propaganda partidista? ¿Quién financia los acarreos de simpatizantes? ¿Quién cubre los costos de los miles de artículos promocionales? Nadie lo sabe.
Y PEOR AÚN: nadie está obligado a decirlo. La fiscalización simplemente no existe porque las reglas siguen archivadas en algún escritorio del Consejo General del INE. Resulta paradójico que la institución creada precisamente para garantizar elecciones equitativas llegue tarde al momento en que más se necesita. Mientras los políticos avanzan a velocidad de campaña, la autoridad camina al ritmo de un trámite administrativo.
NO SE TRATA de un problema exclusivamente legal. Como advierten especialistas, la legislación ya existe. Lo que falta es voluntad para interpretarla y aplicarla sin convertir cada vacío jurídico en una invitación a la simulación. Claro, cuando todos saben que algo ocurre y nadie puede sancionarlo, la excepción termina convirtiéndose en la nueva regla.
Y ASÍ llegaremos, probablemente, a diciembre. Con cientos de aspirantes que ya habrán recorrido varias veces sus estados, consolidado estructuras, gastado recursos imposibles de rastrear y posicionado su imagen durante meses… justo cuando el árbitro anuncie, muy solemne, que ahora sí comienza oficialmente el partido.
PARA entonces algunos ya irán ganando por goleada. Y el resto tendrá que competir en una cancha donde unos jugaron con meses de entrenamiento, mientras otros apenas estarán recibiendo el uniforme. Quizá el mayor riesgo no sea que existan campañas adelantadas.
EL VERDADERO problema es que la autoridad electoral parece haber normalizado que las reglas lleguen después de que empezó el juego. Y es que cuando el silbatazo inicial se escucha demasiado tarde, ya no hay forma de saber quién ganó por méritos… y quién simplemente aprovechó que, durante varios meses, nadie estaba marcando las faltas.




