POR KUKULKAN
NO CABE duda que en la política mexicana la línea divisoria entre representación popular y espectáculo suele ser muy delgada, aunque con Sergio Mayer esa frontera se convirtió en alfombra roja. El actor que un día decidió cambiar el libreto por la Constitución, hoy confirma que el escenario siempre fue su verdadera patria. Y mientras él tranquilamente desempolva reflectores, Morena recoge la factura de haber preferido popularidad sobre capacidad.
EL ENTRIPADO no empezó con su licencia para irse a La Casa de los Famosos. El conflicto venía de antes, cuando el entonces dirigente nacional, Mario Delgado, decidió defender con entusiasmo la postulación de Mayer como diputado plurinominal. Las advertencias del ala dura morenista fueron claras: no basta con salir en televisión para entender el proceso legislativo; los votos en la pantalla no equivalen a votos en el pleno.
PERO la lógica del casting se impuso. En vez de currículum legislativo, rating. En lugar de formación política, fama. La apuesta era simple: un rostro conocido suma simpatías. Lo que nadie explicó es que la simpatía no redacta iniciativas, no negocia dictámenes ni sostiene debates técnicos de madrugada.
LAS CRÍTICAS internas no eran capricho. Militantes históricos cuestionaron que se privilegiara la popularidad sobre la congruencia ideológica. Algunos incluso acudieron a instancias legales para impugnar decisiones. La inconformidad quedó registrada, pero fue desoída bajo el argumento pragmático: ‘trae simpatías’. El problema es que el Congreso no es un foro de aplausos sino de responsabilidades.
Y AHÍ comenzó el desencanto.
Y ES que el trabajo legislativo tiene un defecto imperdonable para cualquier celebridad: no hay ovación al terminar la intervención, no hay edición que suavice tropiezos, no hay productor que rescate el guion. Hay comisiones, votaciones, ausencias que se cuentan y minutas que no entienden de glamour. Es una rutina gris donde el reflector es la obligación.
CUANDO Mayer pidió licencia para regresar al reality, no sorprendió tanto la decisión como la coherencia involuntaria: volvió a su hábitat natural. La actuación, el drama, la cámara permanente. Allí donde cada gesto se convierte en contenido y cada frase en tendencia. En San Lázaro, en cambio, el silencio pesa más que los likes.
LO IRÓNICO es que quienes lo defendieron con fervor ahora guardan prudente distancia. El partido abrió un proceso de disciplina interna y suspendió temporalmente los derechos partidistas al diputado ¡Qué conveniente! De pronto, la autocrítica aparece como virtud tardía. Morena tendrá que pagar caro ese error de cálculo: no por la licencia en sí, que es legal, sino por el mensaje que envía. Cuando se elige a alguien por su fama y no por su preparación, el riesgo es que un día recuerde que su verdadera vocación nunca fue legislar.
LA DEFENSA original de Mario Delgado apostaba a que la política debía abrirse a perfiles ciudadanos y mediáticos. La idea, en abstracto, suena democrática. El problema es que la curul no es taller de aprendizaje ni trampolín promocional. Es un encargo público. Y cuando ese encargo se usa como escala hacia un set televisivo, la crítica deja de ser mezquindad y se vuelve sentido común.
MAYER argumentó que su participación en el reality también puede enviar mensajes culturales y conectar con audiencias. Quizá. Pero el Congreso no es sala de ensayo. El país no elige diputados para que fortalezcan su marca personal en horario estelar. Los elige —o al menos eso se supone— para discutir presupuestos, leyes y reformas que impactan millones de vidas.
EL ALA dura morenista lo advirtió: no basta la popularidad. Hoy esa advertencia suena menos a purismo ideológico y más a profecía cumplida. Porque cuando el telón del espectáculo baja, la política se queda con la reputación dañada.
EN EL Nido de Víboras la moraleja es simple: no todo el que sabe actuar sabe representar. El escenario legislativo no admite improvisaciones eternas ni guiones prefabricados. Y si el protagonista decide volver a donde sí hay aplausos, tal vez el error no fue su partida sino la audición que nunca debió ganar.
MORENA apostó al rating. Ahora descubre que el rating no redacta leyes ni garantiza compromiso. Y mientras el actor vuelve a su zona de confort —ese ecosistema de luces, cámaras y confesiones frente al lente— el partido enfrenta la incómoda pregunta: ¿cuántas veces más confundirá fama con oficio? Al final, la política también es espectáculo. Pero cuando el espectáculo se vuelve prioridad, la representación queda en segundo plano. Y esa factura, tarde o temprano, siempre llega.


