- Gestora comunitaria maya de Tzukmuc, trabaja para asegurar agua potable, saneamiento y cultura del cuidado del agua en 40 comunidades. Opera el sistema de bombeo, gestiona apoyo institucional e imparte talleres.
OMAR ROMERO
CANCÚN, Q.ROO.- Desde la comunidad de Tzukmuc esta mujer maya representa la voz de habitantes de decenas de localidades que luchan por el acceso al agua potable y el saneamiento.
En la Península de Yucatán el acceso al agua limpia no es sólo una cuestión de infraestructura, es una batalla cotidiana que libran mujeres como María Chu, originaria de Tzukmuc, Yucatán.
Desde hace años trabaja para garantizar que su comunidad y otras 39 de la región cuenten con agua potable, saneamiento digno y, sobre todo, conciencia sobre el valor de este recurso.
María forma parte de la Comisión de Cuencas de la Península de Yucatán, donde funge como vocal representante de las comunidades de la región.
Además, en su propio pueblo opera directamente el Sistema de Bombeo de Agua Potable, una labor técnica y de gestión que asume con orgullo a pesar de que, reconoce, el trabajo de las mujeres en este ámbito rara vez recibe el reconocimiento que merece.
“Nosotras como mujeres a veces no somos reconocidas en nuestras labores, y pues es un orgullo poder representar a las comunidades y participar en actividades y talleres”.
“El reto no es solo el agua, que hay, sino cuidarla”
Uno de los mayores desafíos que enfrenta María en su trabajo no es técnico sino cultural. Muchas personas en las comunidades que representa tienen acceso al agua, pero no han desarrollado el hábito de cuidarla.
Hay quienes, por ejemplo, rechazan el uso del cloro por creer que daña las plantas, pero sin considerar el riesgo sanitario que implica el agua sin tratamiento.
“Hay muchas personas que tienen el agua pero no tienen la conciencia ni la responsabilidad de cuidarla, y estamos trabajando en ello para que en un futuro tengamos agua de forma sostenible”.
La situación es especialmente delicada en una península con suelos muy porosos y vulnerables, donde las lluvias pueden contaminar fácilmente los mantos freáticos si no se toman las medidas adecuadas de saneamiento y de manejo del agua residual.
Gestora, técnica y enlace institucional
El trabajo de María va más allá de operar una bomba. Cuando el equipo falla, es ella quien evalúa si la reparación está a su alcance o si debe gestionar la intervención del municipio o de la Junta de Agua Potable y Alcantarillado.
“En cosas pequeñas, como una tubería, yo sí puedo repararla, pero fallas eléctricas o de bombeo mayor, eso requiere personal especializado”, explicó.
En esos casos, activa los canales institucionales para que el servicio se restablezca lo antes posible, muchas veces apoyándose en el teléfono e internet como herramientas clave para agilizar trámites que antes obligaban a trasladarse hasta la cabecera municipal o la capital del estado.
Su labor es posible gracias a una red de alianzas con organizaciones como Consorcio para el Diálogo Parlamentario y la Equidad, Centinelas del Agua, entre otras, que impulsan talleres, capacitaciones y espacios de participación para que gestoras como María cuenten con las herramientas necesarias para hacer su trabajo.
Reconocimiento nacional a una labor invisible
Hace un año, María fue invitada a un foro en Toluca, Estado de México, donde fue reconocida junto a otras mujeres que se dedican al bombeo y saneamiento del agua en comunidades rurales, un evento que marcó un hito personal y colectivo.
Fue la primera representante de la Península de Yucatán en recibir ese tipo de distinción, un reconocimiento que, más allá del mérito individual, visibilizó el trabajo silencioso de cientos de mujeres que sostienen el acceso al agua en comunidades que el sistema institucional no siempre alcanza a atender con la rapidez que se necesita.
A ese reconocimiento se suma una distinción que lleva con particular orgullo: el Casco Rosa, un galardón que reconoce a mujeres que, desde las comunidades, asumen roles técnicos y de liderazgo en el manejo del agua y el saneamiento, labores históricamente ejercidas por hombres y que mujeres como María han hecho propias con valentía y compromiso.
Para María, el camino es claro, seguir sumando ese granito de arena, comunidad por comunidad, hasta que cuidar el agua sea un valor compartido en toda la península.



