El emperador naranja se despeina

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POR KUKULKAN

QUIZÁ demasiado tarde, Donald Trump descubrió que gobernar no es lo mismo que incendiar redes sociales desde un campo de golf. El hombre que convirtió la política estadounidense en un reality show de horario estelar comienza a mirar cómo su popularidad se derrite más rápido que un helado en Arizona. Y no, esta vez no puede culpar ni a Joe Biden, ni a los inmigrantes, ni a los ovnis chinos. El problema es más simple y mucho más cruel: la factura ya le llegó.

DURANTE años Trump vendió la imagen del empresario infalible, del macho alfa que arreglaría la economía con un par de tuits y una gorra roja. Pero la realidad tiene la mala costumbre de no obedecer slogans. Hoy la inflación sigue golpeando bolsillos, la gasolina continúa siendo tema de enojo cotidiano y la incertidumbre internacional se convirtió en una sombra permanente sobre la Casa Blanca.

EL MAGNATE que prometía “hacer grande a América otra vez” ahora enfrenta una pregunta incómoda: ¿grande para quién? Las encuestas empiezan a mostrar lo que en política suele ser el primer síntoma de decadencia: el desgaste entre los propios creyentes. Jóvenes conservadores que hace dos años lo veían como una especie de vengador antisistema ahora lo miran con el mismo entusiasmo con el que se observa un refrigerador vacío.

ENTRE votantes hispanos —a quienes sedujo con discursos de prosperidad y mano dura— el apoyo también se desmorona. Resulta que las deportaciones masivas y el discurso incendiario funcionan mejor en mítines que en la mesa familiar del domingo. Trump descubrió que el miedo moviliza… pero también cansa. Y es ahí donde aparece uno de sus mayores errores: gobernar eternamente en campaña.

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EL PRESIDENTE estadounidense nunca entendió la diferencia entre un candidato y un jefe de Estado. Mientras el mundo espera estabilidad, él ofrece espectáculo; mientras la economía pide certidumbre, él responde con pleitos; mientras los mercados buscan calma, él improvisa amenazas en conferencias y redes sociales como si todavía estuviera compitiendo contra Hillary Clinton. El resultado es evidente: el personaje terminó devorándose al político.

PERO quizá el episodio más revelador fue su extraño zigzagueo respecto a la reelección. Durante meses coqueteó con la idea de quedarse más tiempo en el poder, lanzando insinuaciones sobre un posible tercer mandato, pese a que la Constitución estadounidense lo prohíbe claramente. Trump disfrutaba sembrando la duda, alimentando la fantasía de sus seguidores más radicales, esos que creen que George Washington fue un moderado cobarde por no eternizarse en el cargo.

SIN EMBARGO, hace apenas unas semanas el tono cambió. De pronto, el presidente dijo que ya no le interesaba la reelección. Que no era prioridad. Que no estaba pensando en eso. Claro, la realidad es que no se puede reelegir otra vez. Es el equivalente político de quien dice ‘yo la dejé primero’ después de haber sido abandonado. La realidad parece mucho menos romántica: Trump entiende que insistir con un tercer mandato ya no produce el mismo efecto épico de hace un año.

ANTES sonaba a desafío antisistema; hoy empieza a sonar a obsesión senil. Incluso dentro del Partido Republicano comienzan a surgir voces que, aunque todavía le temen, empiezan a calcular escenarios sin él. Porque el trumpismo enfrenta una paradoja deliciosa: sigue dominando el partido, pero cada vez convence menos fuera de su burbuja. Y ahí aparece otro de sus errores históricos: gobernar únicamente para los fieles.

TRUMP nunca buscó unir a Estados Unidos; prefirió dividirlo porque entendió que el conflicto genera rating. Construyó una presidencia basada en enemigos permanentes: migrantes, periodistas, jueces, universidades, demócratas, ambientalistas, artistas y cualquiera que no alabara sus ocurrencias. El problema es que vivir en guerra política constante termina agotando incluso a quienes disfrutan el combate. Estados Unidos empieza a parecerse demasiado a Trump: irritable, polarizado, agotado y permanentemente enojado.

LA IRONÍA final es magnífica. El hombre que prometía restaurar el orden terminó administrando caos. El supuesto negociador brillante convirtió cada crisis en un pleito personal. El líder que se presentaba como símbolo de fortaleza hoy tiene que explicar por qué sus números caen precisamente entre los sectores que antes lo defendían con fervor casi religioso. Y mientras tanto, el emperador naranja intenta convencernos de que no quiere reelegirse. Como si alguien creyera que Donald Trump renunciaría voluntariamente al espejo.

@Nido_DeViboras

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