Resuenan alpargatas y jarana en el Gran Museo del Mundo Maya

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  • Más de mil 800 bailarines de todo Yucatán llenaron de jarana y tradición el Gran Museo del Mundo Maya durante el Día Internacional de la Danza.
IGNACIO CANUL

MÉRIDA, YUC.- El sol de la tarde comenzaba a ceder, pero el calor en la explanada del Gran Museo del Mundo Maya apenas iniciaba.

No era el bochorno habitual de Mérida, sino el fuego de mil 800 cuerpos moviéndose al unísono para reclamar su identidad en el Día Internacional de la Danza.

Bajo la sombra arquitectónica del “Ceiba”, el aire se llenó de un estruendo rítmico: el taconeo frenético que dictaban la Orquesta Jaranera del Mayab y la Real Orquesta Yucateca.

Durante seis horas, el recinto sagrado de la historia se transformó en una plaza de pueblo viva, donde el aroma a almidón de los ternos y el brillo de los bordados sepultaron cualquier atisbo de solemnidad museística.

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Fue un desembarco de color proveniente de más de 80 municipios. Jaraneros que viajaron horas para que sus alpargatas conversaran con el concreto, mezclándose con un público que, entre asombro y nostalgia, se sumó a la coreografía colectiva de un Yucatán que se autodenomina en pleno “Renacimiento”.

La directora de la Secretaría de Cultura (Sedeculta), Patricia Martín Briceño, observaba la marea de cintas rojas y flores multicolores con una promesa en los labios: este no será un evento fugaz.

La intención es clara: que cada año, las paredes del museo retumben con la misma fuerza, convirtiendo el espacio en un puente donde el pasado arqueológico abraza a la tradición que respira.

La geografía del estado se compactó en unos cuantos metros cuadrados. Desde los límites con Campeche hasta las costas de Quintana Roo, los danzantes exhibieron no solo pasos, sino el orgullo de portar técnicas de bordado que son, en sí mismas, un lenguaje de resistencia y belleza que no excluye a nadie.

El protocolo cedió el paso a la emoción cuando sonó “La Angaripola”. En la pista, la diversidad se hizo presente.

Embajadoras de la comunidad LGBT y reinas vaqueras bailando hombro con hombro con maestros veteranos, hombres y mujeres cuyas arrugas narran décadas de vaquerías y que hoy recibían el aplauso de un estado agradecido.

La música tuvo un sabor a estreno y juventud. Arturo Turriza, con apenas 25 años, presentó “La Fiesta de Yucatán”, el nuevo material de su orquesta tizimileña.

Ver a jóvenes liderando el clarinete y el trombón fue la prueba fehaciente de que la jarana no es una pieza de vitrina, sino un ritmo que late en la sangre nueva.

Desde el palco oficial, el mensaje del gobernador Joaquín Díaz Mena resonó a través de las instituciones: la cultura no es un accesorio, es un derecho.

Revalorar estas expresiones es la misión central de una administración que busca que el aprendizaje de nuestras raíces no se detenga en los libros de texto, sino en la práctica del baile.

El reloj marcó las cuatro de la tarde cuando el Ballet Folklórico del Estado “Alfredo Cortés Aguilar” rompió el silencio. Fue el inicio de una procesión interminable de delegaciones que, una a una, fueron tomando su lugar en la historia de esta jornada maratónica.

La lista de participantes parecía un mapa cantado: desde el oriente ganadero de Tizimín y Valladolid, pasando por el corazón maicero de Chichimilá y Chemax, hasta llegar a las costas de Río Lagartos y San Felipe.

Cada nombre mencionado en el altavoz era recibido con un grito de júbilo que reafirmaba la presencia de cada rincón del territorio.

No se quedaron atrás las tierras del poniente y el sur; los habitantes de Maxcanú, Halachó y Umán compartieron el sudor con los de la zona centro y henequenera.

Dzidzantún, Motul y Progreso trajeron el aire del norte, uniendo a todo el estado en un solo zapateo que borraba distancias geográficas.

“Hoy va a vibrar lo nuestro”, sentenció Martín Briceño ante la multitud. Sus palabras fueron casi proféticas, pues el suelo vibró literalmente bajo el peso de una danza que es, según sus palabras, la máxima representación del alma yucateca y el legado más vibrante de una civilización que nunca se fue.

La funcionaria insistió en que el museo ha dejado de ser un edificio estático para convertirse en un organismo vivo.

En esta Tarde de Vaquería, las vitrinas quedaron en segundo plano para permitir que el patrimonio inmaterial —ese que no se puede encerrar— floreciera entre vueltas y dianas.

Mientras el evento llegaba a los hogares a través de la radio y las pantallas digitales, en la explanada el eco de la jarana seguía retumbando.

Fue una jornada donde Yucatán no solo bailó para el mundo, sino que bailó para sí mismo, recordándose que su cultura está más despierta que nunca.

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