Aliados incómodos en tiempos de cálculo

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POR KUKULKAN

EN MATERIA de política internacional, la memoria histórica suele ser un lujo que se sacrifica en el altar de la conveniencia. Y eso, aunque incomode a más de uno, es exactamente lo que estaremos viendo con la pasarela de líderes de izquierda que hoy se dan cita bajo el paraguas de una nueva —o reciclada— reconfiguración geopolítica. Ahí, entre discursos de justicia social y fotos cuidadosamente coreografiadas, estará México, de la mano de Claudia Sheinbaum, aprovechando la ocasión para estrechar vínculos con una España que, no hace tanto, era señalada como deudora histórica por los agravios de la Conquista.

LA ESCENA, por supuesto, tiene su dosis de ironía. Años de retórica nacionalista, cartas diplomáticas exigiendo disculpas y una narrativa sostenida sobre la memoria colonial desembocan ahora en una política exterior donde el pragmatismo manda. Y es que en el mundo real —ese que no cabe en discursos de plaza pública— las alianzas no se construyen con resentimientos, sino con intereses. Y vaya que los hay. La reunión de mandatarios y líderes progresistas no es un simple encuentro ideológico. Es, en el fondo, un intento por reordenar fichas en un tablero global que se mueve con rapidez: tensiones comerciales, bloques emergentes, disputas energéticas y una creciente necesidad de los países de diversificar sus alianzas más allá de la sombra omnipresente de Estados Unidos.

BAJO ese contexto, México no puede darse el lujo de aislarse en agravios históricos, por más legítimos que estos sean. Desde luego que el giro no sorprende tanto como algunos quisieran. Lo que sí sorprende —o incomoda— es la velocidad con la que se ha transitado del reclamo a la cordialidad. De la exigencia de disculpas a la invitación protocolaria. De la narrativa de agravio a la diplomacia de sonrisas. Al final del día, incluso las heridas más profundas encuentran alivio cuando hay intereses estratégicos de por medio.

PERO si esta escena genera incomodidad en algunos sectores, también provoca urticaria en otros. Particularmente en esa derecha mexicana que, fiel a su vocación de profeta del desastre, ha apostado —una vez más— a que al gobierno le vaya mal. No por convicción ideológica profunda, sino por una lógica política bastante más terrenal: si al país le tiembla el piso, alguien más recoge los escombros en las urnas. El problema es que la realidad, terca como suele ser, no termina de ajustarse al guion opositor.

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MIENTRAS desde ciertos espacios se pronostican crisis diplomáticas, aislamiento internacional o torpezas políticas, la presidenta parece moverse con una soltura que descoloca. No es que no haya errores —sería ingenuo afirmarlo—, pero sí hay una capacidad notable para mantener el equilibrio en medio de presiones cruzadas: internas, externas, económicas, políticas. Y eso, para quienes llevan meses (o años) esperando el tropiezo definitivo, resulta francamente desesperante.

LA IMAGEN es clara: un barco en medio de aguas agitadas, con tormentas que vienen tanto del exterior —mercados, socios comerciales, tensiones globales— como del interior —polarización, críticas, resistencias—. Y, sin embargo, el timón no parece soltarse. Para disgusto de algunos, claro. Simultáneamente, en el gran teatro de la política internacional, los liderazgos de izquierda ensayan su propia versión de bloque. No es una alianza homogénea ni exenta de contradicciones —basta ver las diferencias entre sus integrantes—, pero sí comparte una narrativa común: la necesidad de replantear equilibrios de poder y construir alternativas frente a un orden global que muchos consideran agotado.

DENTRO de ese escenario, México juega una carta compleja. Por un lado, busca consolidarse como actor relevante; por otro, debe navegar sobre sus propias contradicciones históricas y políticas. Aliarse —o al menos acercarse— a quienes alguna vez fueron señalados como responsables de agravios históricos no es una decisión menor. Es, en todo caso, una advertencia de que la política exterior no se guía por emociones, sino por cálculos. Y en ese cálculo, la memoria se administra, no se abandona.

QUIZÁ ahí radica la clave de esta etapa: no en olvidar, sino en dosificar. No en renunciar al pasado, sino en impedir que este secuestre el presente. Lo que deja claro esta reunión de líderes es que el mundo se está reacomodando, y quien no entienda esa lógica corre el riesgo de quedarse hablando solo… o peor aún, aplaudiendo sus propias profecías fallidas. Al final, la pregunta no es si México debe o no sentarse con España, o con cualquier otro actor internacional. La pregunta es si está dispuesto a jugar en serio en un tablero donde las reglas no las dicta la historia, sino el interés. Y, por ahora, todo indica que sí. Aunque eso implique tragarse —con elegancia diplomática— más de un sapo histórico.

@Nido_DeViboras

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