El reciclaje como estrategia (y condena)

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POR KUKULKAN

EN POLÍTICA, como en la cocina recalentada, hay platillos que simplemente no mejoran con el tiempo. Pero el PRI parece convencido de lo contrario: que basta con desempolvar viejos nombres, sacudirles el expediente y servirlos de nuevo al electorado como si fueran opción fresca. Spoiler: no lo son.

EL MÁS reciente ejemplo de este déjà vu tricolor es Rosario Robles, quien ha regresado a la escena pública no sólo con discurso renovado, sino con narrativa de víctima incluida. Ahora resulta que su paso por prisión no fue producto de decisiones administrativas cuestionables, sino del miedo que —según ella— le tenía el entonces presidente López Obrador. Un giro argumental digno de telenovela política, donde los villanos cambian según la temporada y la memoria selectiva hace milagros.

PERO más allá de la anécdota, lo verdaderamente revelador no es lo que dice Robles, sino lo que evidencia el PRI con su reaparición: una profunda escasez de cuadros nuevos, creíbles y competitivos. En lugar de apostar por liderazgos emergentes, el partido opta por el refrito. Y no cualquier refrito, sino uno con etiqueta de “alto riesgo electoral”.

Y ES QUE si algo ha quedado claro en los últimos años es que la ciudadanía no sólo castiga la corrupción —real o percibida—, sino también la insistencia en ignorar el desgaste político. Robles no es una figura neutra. Su nombre evoca uno de los escándalos más emblemáticos del sexenio antepasado, más allá de su desenlace judicial. Y en política, como bien saben los estrategas (o deberían saber), la percepción pesa tanto como la sentencia.

EL PRI, sin embargo, parece decidido a jugar una partida peligrosa: reconstruir su imagen con piezas que arrastran más pasado que futuro. La apuesta es clara: si no hay figuras nuevas que entusiasmen, al menos que las conocidas generen ruido. Aunque ese ruido sea más cercano al rechazo que a la adhesión.

Y AQUÍ es donde entra la ironía mayor: mientras el discurso opositor habla de renovación, ciudadanía y futuro, la práctica interna grita nostalgia, control y supervivencia. Rosario Robles no regresa como candidata —al menos no por ahora—, sino como operadora, como símbolo de resistencia, como engranaje en una maquinaria que busca revivir rumbo a 2027. Pero el mensaje implícito es otro: “es lo que hay”.

BAJO un contexto donde la oposición intenta articularse frente a un oficialismo dominante, el PRI parece optar por la ruta corta: reciclar experiencia en lugar de construir legitimidad. El problema es que la experiencia sin credibilidad se convierte en lastre. Y el lastre, en elecciones, suele hundir más de lo que sostiene.

¿PUEDE Robles aportar operación política? Sin duda. ¿Puede ayudar a estructurar redes y movilizar cuadros? Probablemente.

ANTE ello la pregunta de fondo no es operativa, sino simbólica: ¿qué le dice al electorado un partido que recurre a figuras tan polarizantes para intentar reinventarse? La respuesta, aunque incómoda, es evidente: le dice que no ha aprendido lo suficiente. Porque si algo exige el momento político actual no es sólo oposición, sino una oposición creíble.

Y ESO implica no sólo cuestionar al poder, sino también revisar el propio pasado. Implica entender que no todo lo que fue puede volver a ser. Y que hay regresos que, lejos de sumar, reabren heridas que el electorado no ha terminado de cerrar. El PRI, en su urgencia por sobrevivir, parece haber olvidado una máxima básica: no todo lo que resiste, convence. Y mientras tanto, en este nido, las víboras no cambian de piel… sólo de discurso.

@Nido_DeViboras

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