- La mítica silueta de la serpiente emplumada que desciende por El Castillo de Chichén Itzá ha dejado de ser un evento exclusivo de dos días al año.
IGNACIO CANUL
MÉRIDA, YUC.- La mítica silueta de la serpiente emplumada que desciende por El Castillo de Chichén Itzá ha dejado de ser un evento exclusivo de dos días al año.
Lo que durante décadas se vendió como un fenómeno puramente equinoccial —una serpiente de luz solar que serpentea por la balaustrada noroeste hasta besar la cabeza de piedra en la base— revela una complejidad astronómica que desafía las creencias populares y redefine el genio maya.
Nuevas investigaciones arqueoastronómicas han puesto en jaque la narrativa tradicional del equinoccio de primavera y otoño.
Los estudios más recientes sugieren que esta hierofanía no es un evento aislado, sino un sofisticado mecanismo de relojería solar que proyecta patrones de luz específicos sobre la escalinata durante prácticamente todo el año, funcionando como un calendario monumental de piedra.
Esta revolucionaria perspectiva es sostenida por un cuarteto de expertos de élite, quienes han publicado sus hallazgos en la edición más reciente de la revista Arqueología Mexicana (No. 197, del bimestre marzo-abril de 2026).
En el artículo “El Castillo de Chichén Itzá. Evocación de un mensaje majestuoso de trascendencia calendárica”, los especialistas Orlando Casares Contreras (INAH Yucatán), Arturo Montero García (Universidad del Tepeyac), Jesús Galindo Trejo (UNAM) y David Wood Cano (ENAH-UNAM) desglosan cómo la arquitectura de la pirámide sirve para codificar mensajes astronómicos que trascienden por mucho las fechas de marzo y septiembre.
La estructura, con sus 30 metros de altura y nueve cuerpos escalonados, actúa como un proyector de sombras.
Mientras el Sol desciende hacia el poniente, la interacción de la luz con las aristas de los nueve cuerpos proyecta triángulos luminosos sobre la rampa noroeste. Estos rombos de luz son los que, al unirse visualmente, dan vida al cuerpo de la deidad Kukulcán.
El ciclo anual de luz comienza a despertar el 12 de febrero; en esa fecha, el primer destello aparece tímidamente en la parte superior de la balaustrada, durando apenas unos minutos antes de desvanecerse.
Conforme avanzan las semanas, el número de triángulos aumenta; para el cuatro de marzo, la serpiente ya muestra cinco segmentos definidos antes de que el Sol se oculte en el horizonte yucateco.
La progresión no se detiene: para el 15 de marzo, la rampa ya exhibe siete triángulos de luz, configuración que se mantiene estable durante diez días, hasta el 25 de marzo. Es precisamente dentro de esta ventana de tiempo donde se sitúa el famoso equinoccio de primavera, como parte de una secuencia mayor de iluminación.
Lo fascinante
Lo que resulta fascinante para la ciencia es que el equinoccio —momento de equilibrio entre el día y la noche— se ubica exactamente en el centro de este periodo de diez días.
Los investigadores proponen que los antiguos mayas utilizaban la aparición del séptimo triángulo como una señal para localizar el equinoccio, prediciendo que el 26 de marzo aparecería un octavo segmento luminoso.
El espectáculo lumínico alcanza su plenitud el nueve de abril con nueve triángulos formados; a partir de ahí, la luz comienza a “devorar” la sombra hasta que el 24 de mayo la rampa queda totalmente iluminada, coincidiendo con el primer paso cenital del Sol.
Esta claridad absoluta persiste hasta el solsticio de verano en junio y el segundo paso cenital el 19 de julio.
Tras el verano, el proceso se invierte; para el dos de septiembre, los nueve triángulos regresan con nitidez absoluta, uno por cada plataforma de la pirámide.
Al acercarse el equinoccio de otoño, el patrón vuelve a marcar los siete triángulos, repitiendo el ciclo de observación que enmarcaba el cambio de estación para los antiguos habitantes de la ciudad.
La despedida de la deidad es gradual: hacia el nueve de octubre solo restan cinco triángulos que logran tocar el suelo antes del ocaso. A partir de ahí, la luz se retira hacia la parte superior de la rampa, desapareciendo antes de la puesta del Sol.
El ciclo anual de la hierofanía se apaga definitivamente alrededor del 29 de octubre, dejando la balaustrada en penumbras.
Este silencio lumínico dura exactamente 104 días: 52 días antes y 52 días después del solsticio de invierno.
Durante este periodo, la rampa noroeste permanece en sombras, hasta que el ciclo renace el 12 de febrero, reiniciando la cuenta sagrada del tiempo que regía la vida en Mesoamérica.
Para los investigadores, este patrón no era un simple espectáculo visual, sino una herramienta de precisión para los sacerdotes-astrónomos.
El seguimiento de estos triángulos permitía no solo ajustar el calendario, sino coordinar los ciclos agrícolas y orientar las grandes obras arquitectónicas bajo un orden cosmogónico que imperó durante tres milenios.
En última instancia, El Castillo se revela como la máxima expresión del sistema calendárico mesoamericano.
A pesar del escepticismo de algunos sectores académicos sobre si los mayas realmente buscaban el equinoccio, la precisión de los nueve cuerpos y su interacción con el Sol demuestran que, en Chichén Itzá, el tiempo no solo se contaba, sino que se hacía visible a través de la luz y la piedra.


