La derecha mexicana sigue atrapada en el retrovisor 

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POR KUKULKAN

SOBRE el tablero global la derecha vive un momento curioso: gana elecciones aquí, tropieza allá, gobierna en unos países mientras en otros apenas sobrevive como ruido mediático. Es una derecha que avanza, sí, pero a tirones, dependiendo menos de una visión coherente y más del miedo, la inflación, la inseguridad o el hartazgo social. En ese contexto, la presidenta Claudia Sheinbaum lanzó una afirmación que, para la oposición mexicana, suena casi a herejía: el regreso de la derecha al poder, celebró, se ve “muy difícil”.

Y NO lo dice sola. Lo dicen —según ella— las encuestas. Lo grita, en realidad, la memoria reciente. Porque si algo caracteriza a la derecha mexicana es su amnesia selectiva. Hoy se presenta como víctima de un sistema que —ironías de la historia— diseñó a su medida durante décadas. Durante el periodo neoliberal, la derecha no competía: administraba. No arriesgaba: heredaba. No convencía: imponía. Siempre lista para el triunfo… porque el triunfo estaba garantizado desde el presupuesto público, ese que hoy dicen defender, pero que ayer exprimían sin pudor.

PERO la sorpresa les llegó en 2018, cuando finalmente estalló la olla exprés del hartazgo social. Durante años, el ‘pueblo bueno’ —esa categoría que tanto incomoda a ciertos analistas de café caro— aguantó abusos, corrupción, desigualdad obscena. No porque le gustara, sino porque el miedo era política de Estado: miedo a perder el empleo, a la represión, al abandono. Pero el miedo, como la presión, se acumula. Y cuando explota, no pide permiso.

ESO fue el cambio de régimen. Y eso, precisamente, es lo que la derecha mexicana no termina de entender. Cree que perdió por accidente, por una mala campaña, por un error de cálculo. No. Perdió porque millones de mexicanos decidieron que ya no querían seguir financiando el enriquecimiento de unos cuantos mientras la mayoría sobrevivía con migajas. Desde entonces, la estrategia ha sido la misma: no reconstruirse, sino resistir… mediáticamente.

AHÍ están los “periodicazos”, las columnas incendiarias, los analistas que descubren cada semana el inminente colapso del país (que, curiosamente, nunca llega). Y, por supuesto, las fake news, esa herramienta tan útil en la era digital donde la verdad compite —y a veces pierde— contra el algoritmo. Inclusive en eso, la derecha mexicana llega tarde. A nivel global, la derecha más eficaz ha entendido que no basta con criticar: hay que ofrecer certezas. Trump en Estados Unidos capitalizó el enojo económico y cultural; Meloni en Italia construyó una narrativa de orden; Milei en Argentina convirtió la crisis en mandato de shock. En todos esos casos, la derecha no sólo gritó: propuso, conectó, movilizó.

EN CAMBIO, en México buena parte de la oposición sigue atrapada en el espejo retrovisor. Añora un país que ya no existe y que, francamente, pocos quieren de vuelta. Y es que mientras algunos opinadores se rasgan las vestiduras en cadenas estadounidenses —como bien criticó Sheinbaum, con esa incómoda pregunta de ‘¿y dónde quedó la patria?’—, millones de mexicanos comparan su realidad actual con la de hace una década. Y en esa comparación, con matices y todo, encuentran razones suficientes para no apostar por el regreso al viejo régimen.

¿SIGNIFICA eso que la derecha está muerta? No. A nivel global —y México no es excepción—, la derecha sigue siendo un actor relevante, capaz de reorganizarse si logra leer el momento histórico. Pero para eso necesita algo más que nostalgia y escándalo: necesita proyecto. Y ahí está el problema, en tanto en otros países la derecha se reinventa (a veces para bien, a veces para peor), en México parece más ocupada en ganar debates en Twitter que en construir una alternativa creíble de gobierno. 

SE DEDICA a dividir fuerzas, reciclar liderazgos y a confundir crítica con propuesta. Así, el escenario que describe Sheinbaum no es tanto una predicción optimista como un diagnóstico incómodo: la derecha mexicana no está derrotada por decreto, sino por desconexión. Y en política, pocas cosas son más letales que no entender por qué se perdió. 

AL FINAL, la pregunta no es si la derecha puede volver —la historia demuestra que ningún proyecto es eterno—, sino si está dispuesta a aceptar que el país cambió. Que el miedo dejó de ser suficiente. Que el electorado ya probó otra opción y, hasta ahora, no tiene prisa por regresar al pasado. Mientras no lo entienda, podrá hacer mucho ruido. Pero seguirá lejos del poder.

@Nido_DeViboras

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