POR KUKULKAN
EN ESTE país hay dos dietas perfectamente balanceadas. Una es la del discurso oficial: austera, republicana, casi franciscana. La otra, mucho más sustanciosa, es la real: rib eye, salmón, pulpo y, si alcanza el presupuesto, hasta un suculento corte término medio pagado con dinero público. El reciente escándalo del CIDE no debería sorprender a nadie. Indigna, sí. Pero sorprender, no. Porque más allá del menú que parece sacado de una carta de restaurante en Polanco, lo que está sobre la mesa no es un filete, sino un sistema entero que lleva décadas sirviendo privilegios bien sazonados… siempre a la misma clientela.
LA HISTORIA es conocida: millones de pesos destinados al comedor institucional, con insumos que no precisamente evocan la canasta básica. Y entonces estalla la indignación. ¿Cómo es posible que servidores públicos coman como en brunch dominical mientras millones apenas completan para la comida del día? Pero la pregunta correcta no es “¿cómo es posible?”, sino “¿desde cuándo no era así?”.
EL CIDE no inventó nada. Apenas está replicando una receta vieja. La Suprema Corte de Justicia de la Nación ya había probado ese platillo: comedores subsidiados donde el costo real lo absorbía el erario mientras los comensales pagaban precios simbólicos. Banxico también tuvo su versión gourmet. Pemex, ni se diga: durante años, la opulencia administrativa fue parte del menú institucional. Y en Los Pinos, antes de que la austeridad se volviera bandera política, los banquetes eran cosa cotidiana.
LO INTERESANTE en este asunto no es el corte de carne, sino el corte de realidad. Para el mexicano promedio, la palabra ‘comedor’ significa una fonda, un plato corrido, una comida rendidora. Para la alta burocracia, en cambio, parece significar otra cosa: variedad, calidad premium y, sobre todo, subsidio. El detalle clave —ese que rara vez se explica— es que no se trata sólo de qué comen, sino de quién paga la diferencia. Y ahí es donde el discurso se atraganta.
DURANTE años, gobiernos de los distintos partidos hasta el actual, han prometido acabar con los privilegios, extinguir a la burocracia dorada, pero esto no se ha logrado a pesar de la voluntad de cambio del titular del Poder Ejecutivo. De nada sirve decir que ahora todos en el gabinete federal comen en la misma mesa de la austeridad, cuando basta asomarse a estos contratos, a estas licitaciones, a estas listas de insumos, para entender que la mesa sigue puesta… sólo que no todos tienen silla.
EL CASO del CIDE, como antes el de la Corte o el de otras instituciones, revela una verdad incómoda: el problema no es un comedor caro, sino una cultura institucional donde el gasto público se normaliza en función del cargo, no de la realidad del país. Mientras en los documentos se habla de alimentación ‘saludable, higiénica y de calidad’, afuera la discusión es otra: si alcanza para la despensa, si subió el precio del kilo de tortilla, si el salario rinde.
DOS MÉXICO, dos menús. Y no, esto no va de satanizar que alguien coma bien. El problema no es el salmón. El problema es la desigualdad financiada. Es el simbolismo de que, en un país donde millones viven con ingresos limitados, las instituciones públicas sigan operando bajo lógicas de excepción.
LO IRÓNICO es que estos escándalos siempre se explican igual: que si son prestaciones laborales, que si es un servicio institucional, que si el costo por ración no es tan alto como parece. Y puede ser cierto. Pero hay algo que ningún cuadro comparativo logra ocultar: la percepción —cada vez más sólida— de que el sacrificio es colectivo, pero el beneficio sigue siendo selectivo.
AL FINAL, el menú del poder no se mide en calorías, sino en distancia. Distancia entre quien decide el gasto y quien lo financia. Distancia entre el discurso y la práctica. Distancia entre la austeridad que se predica y el rib eye que se sirve. Y mientras esa distancia siga intacta, no habrá dieta que alcance para digerir el desencanto.


